domingo, 21 de agosto de 2011

Melodía de jazz

Destacaba su figura como efecto contraluz, entre las sombras que se difuminaban en torno a la barra. Más allá, la pista de modelaje por la cual circulaban las fotografías por montones y, al fondo del pasillo, la mirada angelical de aquella cabello castaño que le caía por los hombros, ondeándose en las puntas con una gracia propia de su carácter natural y único. Ninguna otra mujer en el bar podría levantar la misma bandera que ella, colgarse el mismo slogan en el cuerpo y acercarse, a paso lento, hacia el micrófono encendido que esperaba una voz para cantar. El muchacho la observó desde su asiento, casi al final del salón: el ruido de esos tacones le producían cierto estremecimiento. Una extraña sensación placentera que ya parecía haber vivido antes.

El golpe contra la pared y la tormenta de labios que se enredaban una y otra vez, las pulsaciones aceleradas y el vaso de vino que se daba vuelta sobre la alfombra importada desde la India, la China o quién sabe de dónde, quizá comprada en la feria artesanal del centro de la ciudad. Las cortinas amarillas que se alzan hasta las alturas, pero nada importa: la luz de la luna es suficiente. Un verano enloquecido con brisa cálida ingresando por el balcón: el resto de la ciudad continúa en su paseo por la calle, como siempre, como si nada, sin percatarse de la vida y el movimiento al interior de los edificios que llenan la ciudad de altura. Los tacones avanzando hacia la cama, la ropa que cae al suelo, la tormenta de labios. El mismo olor a tabaco y la voz sensual que canta melodías de jazz. La locura se transforma en demencia, instinto, descontrol. Pieles confundidas que no saben si están en la India, la China o la luna.

Las luces iluminan a la cantante que aparece en el escenario haciendo gala de sus zapatos rojos y su vestido de gala que brilla ante los aplausos de gente que siquiera la conoce. Ella sonríe, casi con los ojos cerrados, dejándose llevar por el momento. Sintiendo la brisa cálida de una noche de verano y las cortinas que se alzan hasta el cielo inalcanzable de una edificación antigua. Comienza la canción: tormenta de pieles, melodías de antaño. Melodías de medianoche, media tarde, día medio. Y la sonrisa del muchacho que está sentado en el último asiento del salón, esperando su turno para poder convertir el estrueno de pieles en una melodía de jazz.

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