martes 14 de febrero de 2012

Sensaciones nuevas

Te abracé tantas veces y me besaste otras más. Me perdí en tu mirada que me enloquecí, en tus ojos camaleónicos y en tu piel iluminada por la Luna que, sobre el tragaluz, nos observó tantas noches besarnos al compás de alguna canción. Al compás de nuestros propios pulsos acelerados por ese extraño y armónico movimiento que nos escondía dentro de esas paredes. Vimos colores: verde, celeste, amarillo, azul... quizá también, violeta. Descubrimos sensaciones nuevas, los abrazos se hacía cada vez más abrasadores: cuerpos unidos que queman, que arden, que no quieren volver a soltarse. 

Despertamos unidos: mi boca ya buscaba nuevamente la suavidad de tu espalda. Tus manos ya se acercaban a jugar con mi ombligo. Despertamos abrazados tantas veces, infinitas. Hoy te quiero abrazar otra vez... y que el tiempo a tu lado no se acabe jamás.

lunes 13 de febrero de 2012

Perdidos en el cielo

Me perdí en el cielo y no sé cómo.
Cuando abrí los ojos, ya estaba ahí, flotando;
pero tú estabas a mi lado, sonriendo,
tenías tus alas abiertas y éramos uno solo en el vuelo.

Estabas ahí conmigo
y ese momento me hizo feliz.


Fotografía: La Serena, Región de Coquimbo, Chile.

domingo 12 de febrero de 2012

La Columna de Fuego (Parte 2)

-    ¿Un espejo? –titubeó, con una voz muy baja.

Las paredes que daban vueltas se detuvieron y un enorme espejo lo rodeó. Se encontró frente a frente consigo mismo: tenía las manos puestas en su cara pálida por el temor. Se acercó a su reflejo y sus deseos tocaron el vidrio: no era solo una ilusión sino que el material era real (tal real como la imagen humana que se trata en verbos esporádicos, tan real como los números que cuantifican el tiempo). En definitiva, su cuerpo no tenía el más mínimo rasguño, todo era tan normal como siempre. Estaba en el interior de un enorme espejo circular que lo reflejaba de todos lo ángulos. Se detuvo un instante para escudriñar esa imagen tan completa, su propia imagen, que ni la tecnología ni el avance lograba obtener. Era la primera vez que se daba cuenta de que existía, de que tenía su propia singularidad. Nunca antes había notado su expresión de asombro, tan propia nunca antes había notado la expresión de su mirada, tan significativa. Ese era él, ese era Gabriel, frente al espejo.

-    Bórrate, ya no quiero más espejo.
Las paredes volvieron a girar: lograban divisar la ciudad y los edificios que permanecían en sus lugares, los rayos que iluminaban los alrededores y la enorme nube de polvo que mantenía a toda la gente alejada de su espacio. Lograba divisar el lugar en el cual había estado sentado hacía un instante, incluso pudo verse a sí mismo observando el cielo, como cuando él había visto caer el pincel. ¿Por qué no había el más mínimo ruido? Todo era un sepulcral silencio. El ruido de las manecillas de un reloj vinieron a cumplir su deseo de dar algo de vida a su extraño refugio que giraba alrededor, pero no había un solo reloj a la vista.

El ruido como de un radar y las vibraciones de un metal hicieron difusas las imágenes de la ciudad. El reloj no apareció, pero el ruido de las manecillas se hacía cada vez más fuerte y cercano, como si alguien se acercase con uno enorme. Miró a todos lados, pero las paredes giraban en círculo: no había ningún pasillo por el cual alguien pudiese acercarse. Las mismas vibraciones a su espalda y el sonido de un violín desafinado comenzaba a bailar ante su mirada.

-    ¡Quiero un reloj!

Su petición parecía no ser escuchada, pese a que el ruido se acercaba más y más: ¿acaso se escondía un enorme reloj a sus espaldas? Las plantas que pisaba comenzaron a crecer rápidamente y se sorprendió al ver las enormes hojas azules que se alzaban desde la arena rojiza que pretendía cubrirlas. Crecían las enredaderas de color celeste que se esparcían por el suelo, ante la sorpresa de Gabriel. Las hojas se le acercaron a la mirada mientras crecían hasta dejarlo pequeño; una de las enredaderas comenzó a subir lentamente, enrollándose a sus tobillos y subiendo por sus piernas, dándole tiempo a percibirlo cuando se aferraban a sus rodillas. El ruido de las manecillas del reloj era violento, hasta que vio que el suelo comenzaba a quebrarse de a poco. Tambaleó y cayó de espalda. Cuando su cabeza estaba próxima a tocar el suelo, sintió que se elevaba rápidamente: las enredaderas subían hacia el cielo, levantándolo por los pies. Gabriel veía todo de cabeza, intentando alcanzar las celestes sogas que lo elevaban. La tierra comenzó a romperse y vio un enorme reloj que emergía, con enormes manecillas de metal, como aspas de una hélice. Las enredaderas lo alzaban lentamente las aspas se acercaron tanto que le rozaron la mano y una gota de sangre cayó hacia las profundidades.

-    ¡Súbanme! ¡Súbanme!

Las enredaderas obedecieron al instante y el reloj que aparecía quedó en las profundidades, cortando las plantas que lograba alcanzar. La hora que marcaba no era real, llevaba varios segundos retrocediendo y luego volvía a avanzar. De vez en cuando emitía el ruido de una campanada que hacía vibrar todo alrededor.

Gabriel observó a través de las paredes que giraban: la ciudad tambaleaba y los edificios saltaban, haciendo que todos los vidrios cayeron al suelo. Estaba todo desierto y los cuadros de las paredes se quebraban en el suelo, mezclándose con el polvo de rubí que se convertía en torbellinos que se alzaban sobre la antena del edificio de la Plaza Central. Oía las risas de niños que jugaban, pero no había nadie en los alrededores. Oyó que un vidrio se quebraba como por una piedra y entonces vio pasar un proyectil que cortó una de las enredaderas que lo sostenía: creyó que iba a caer, pero alcanzó a aferrarse produjo en la pared que giraba y el murmullo de voces que discutían comenzó a agobiarlo vio la ciudad cubierta de tornados que avanzaban por las avenidas, levantando árboles, polvo y objetos varios. Los tornados avanzaban hacia una enorme columna de fuego que estaba en el edificio de la Plaza Central.

-    ¡No, no, no! ¡XS 200 es indestructible! Esto es mentira. Esto es un montaje, estoy seguro.

El interior de dónde estaba se vio invadido por un destello que nuevamente lo dejó ciego por un instante. La enredadera se estremeció por un zumbido que le producía temor: era como una voz que hacía ecos e impedía captar su mensaje. Ruidos de bocinas, de barcos, de música; de gente caminando, de gritos, de palpitaciones, de llantos, de temblores, de edificios que se derrumban. El tornado que lo mantenía oculto comenzó a avanzar en dirección al centro de la ciudad donde se alzaba la enorme columna del fuego: el gran edificio ya estaba consumido por la electricidad que lo rodeaba e impedía el acceso. Por el agujero de la pared podía ver los edificios que se convertían en polvo y en gritos silenciosos que se ahogaban con la caída de la tormenta. El tornado que llevaba a Gabriel avanzaba, botando todo lo que había a su paso. De pronto, vio que había una escalera que se alzaba hasta las nubes. Cortó la enredadera y saltó hacia los peldaños.

Miró hacia abajo y vio que el reloj se llenaba de agua y las manecillas que giraban como hélices, se desprendieron y volaron contra los edificios que se rompían como castillos de arena. Continuó subiendo la escalera hasta ver que un agujero le mostraba una salida: había una nave que parecía estar a punto de partir.

-    ¡Espere!

Cuando llegaba a dicha salida, se encontró con una hélice que giraba con violencia. No podía regresar: la fuerza lo atraía hacia el interior. Cerró los ojos cuando su cuerpo cruzaba las aspas.

Se le cayó el lápiz de las manos y se llevó las manos al rostro: lloraba. El polvo de rubí comenzaba a disiparse. 

-    Llegará el momento en que no vamos a escapar.

sábado 11 de febrero de 2012

Exclamaciones

La originalidad del artista urbana trasciende los límites físicos del signo mismo.


Fotografía: Andrés Bello, Quilpué.

jueves 9 de febrero de 2012

La Columna de Fuego (Parte 1)

Estaba sentado sobre el pasto que se teñía, aún, del color rubí de la tormenta que daba vuelta alrededor del universo; sin un destino fijo, sin una misión destinada a cumplir. El polvo del mineral flotaba en la atmósfera mientras lo veía caer como neblina que humedecía la punta de su nariz y enrojecía sus mejillas, recordándole lo ruborizado que se había sentido al encontrarse, de frente, con ella. La nube chocaba contra los ventanales de algunos edificios altos y a veces podía oír el ruido del vidrio que se quebraba: un enorme mosaico se rompió a pocos metros de dónde él estaba sentado. Antes de decidirse a abandonar su lugar de descanso y meditación observó, por última vez, la extraña voracidad con que el viento traía el rubí sobre el balcón de un departamento en especial, allá en la altura. Se alejó a paso lento y a veces confuso, a la espera de una respuesta que aún no encontraba más allá de los sueños. Sintió como si una gota de agua le cayese en el cabello: se llevó la mano a la cabeza u sus dedos estaban teñidos de verde. Un pincel, mezclado con una infinidad de colores, cayó sobre sus manos: ¿acaso las respuestas se escondían en tormentas de rubíes?

El cielo amenazaba con una lluvia torrencial como era común en aquellas circunstancias de explosiones planetarias tan violentas. Un rayo avanzaba por entre las alturas en una dirección imprecisa que lo hacía regresar una y otra vez al mismo lugar. Era el momento de acelerar el paso a tierra en cualquier momento. De pronto, un relámpago. La ciudad pareció quedar en silencio mientras el silbido del viento le erizó la piel cuando intentaba alejarse.

-    ¿Me quedo o me voy?

La noche se oscurecía con la nube que daba vueltas en los alrededores, alejándose, acercándose, sin atreverse a decir alguna palabra que estableciese la interacción. El solo era un espectador de la naturaleza. Quería escuchar, aunque fuese violento, una palabra que diese el inicio a esas pisadas que se hundían en la arena de color rojizo. Quería oír el grito del trueno que lo hiciese dar un salto al vacío, de una vez por todas.

-    Dame tu palabra de una buena vez.

Las alturas de los edificios reflejaban los luces que palpitaban escondidas dentro de las nubes, como cobijándose de las miradas de los transeúntes. Entonces comenzó a darse cuenta de que estaba en el centro de algo que no era casual, que nada en la vida era casual. Ni ese sorpresivo tropiezo que le produjo esa eterna cicatriz en el brazo; el encuentro con esa clave hacia un secreto que nadie más sabía. Ni esa demora del taxi; el encuentro fortuito entre sus labios y los de aquella joven tan hermosa. Ni ese pedazo de rubí compacto y luminoso que descendía lentamente hasta quedar a sus pies, trazando un halo de luz en su trayectoria que lo llevaba de regreso hasta el cielo. Llevó los ojos a negro y recordó el aroma de aquella mujer que le hablaba del arte universal, de la música, del mundo… de la vida.

La tierra se estremeció con un rugido tan fuerte que los ventanales de algunos edificios se trizaron de arriba abajo en un segundo. Algunos pedazos cayeron al suelo, levantando el polvo que se unía al pequeño e inocente remolina que se alzaba hacia el cielo: estaba a pocos pasos de él. Y nuevamente volvió a pensar en quedarse o en retomar su carrera de regreso a la vida común y corriente, encerrado, en su departamento donde las máquinas lo desafiarían a un imposible juego de ajedrez en que, siendo derrotado, lo obligarían a entregar su cuerpo para transformarlo en energía para continuar construyendo los rincones ocultos de XS 200. La tierra comenzó a temblar y de pronto cayó al suelo el polvo que se levantaba lo hizo estornudar. Entre el humo que se alzaba hacia el cielo y los movimientos del suelo que le impedían ponerse de pie, logró divisar algo extraño entre las nubes que mostraban sus garras eléctricas que se abrazaban a los edificios del centro de la ciudad.

-    Esto es…

Se acomodó suavemente, logrando sentarse pese al movimiento que hacía tambalear los edificios: ¿acaso sería capaz la naturaleza de derribar la fortaleza suprema del hombre? Se tranquilizó cuando la tierra se quedó quita, aunque el polvo lo dejó casi ciego por un instante. Se puso de pie a ciegas y caminó a la deriva hasta chocar con una de las paredes del edificio que amenazaba con derribarse sobre él si no se marchaba cuanto antes.

Cuando el cielo se despejó del polvo color rojizo y pudo volver a abrir los ojos, no pudo creer lo que estaba viendo. Al parecer, no era producto del temor ni del temblor que generaba formas tan difusas ante su vista.

-    No entiendo.

De pronto caía sobre el pasto en el cual jugaba, de pequeño, y rodaba sobre la tierra que se le pegaba a la ropa mientras intentaba detener ese extraño movimiento que lo envolvía sin posibilidad de escapar. Se detuvo chocando contra el tronco de un árbol y una rama cayó sobre él. Adormecido por el golpe, se quietó la rama y vio la herida que le había quedado: no sabía que una rama pudiese herir de esa manera. Se sentó en el tronco para estabilizarse: el mundo se movía para todos lados, aunque nada se caía ni temblaba. Apoyó sus manos en el suelo y, entre el pasto de color celeste que refrescaba su piel afiebrada, encontró un objeto metálico que lo hizo despertar rápidamente. Lo tomó entre sus manos.

-    Creo que estoy entendiendo, ¿o no?

Se puso de pie y continuó mirando el cielo despejado, con todas las estrellas iluminando la oscuridad. El tornado estaba fijo en el mismo lugar y los objetos ascendían hasta perderse en la altura, con el silbido y los relámpagos que centelleaban de vez en cuando. Un ave de color azul cruzo el tornado y se perdió del otro lado; las plumas cayeron en las manos de Gabriel, al momento en que buscaba la llave en uno de sus bolsillos.

-    O sea que era para esto…

El tornado permanecía fiel en su posición. En el cielo se dibujaba un enorme agujero de luces con distintos colores que generaban un silencio extraño. El silbido parecía una voz con palabras de ultratumba, incomprensibles e inaudibles. Gabriel se acercó al tornado y su silbido le produjo escalofríos: era como una enorme hélice de la que temía salir hecho pedazos. Se colgó la llave en el collar que llevaba en el pecho. Acercó su mano haca el enorme torbellino de viento que se lazaba hasta las nubes. Cerró los ojos y cruzó la pared que daba vueltas y que le dio un golpe tan suave que fue imperceptible. Abrió los ojos con lentitud y temor; todo estaba en un sepulcral silencio que lo aterraba: ¿acaso estaría muerto?

Miró sus pies que se enterraban unos 10 centímetros en la arena de color rojiza que cubría el pasto. Excavó hasta volver a encontrar las hojas azules de las plantas que pisaba. Observó las palmas de sus manos: las líneas indicaban el mismo camino que antes. Observó sus brazos: la misma cicatriz en el brazo que aquella vez le entregó una llave. No tenía un espejo para ver si su rostro tenía alguna huella de sangre: todo era tan suave que apenas lograba sentir el tacto de sus pies con el suelo o la respiración que lo mantenía vivo. Lo que sí era indudable, era de que respiraba oxígeno limpio como hacía mucho tiempo, como en su vida anterior. Se llevó las manos al rostro con temor.

miércoles 8 de febrero de 2012

Descubrimientos (fragmento)

Descubrir que en medio de la nada,
Existe una palabra suelta dando vueltas,
Sí, en mi cabeza, como si nada,
Como el cuentagotas que hace tic tac en el entretecho,
Como ese ruido del gato que camina por el techo cuando el frío produce escarcha.

Caminar entre malezas a punto de incendiarse,
Sentir la naturaleza que viene desde el cielo
Y se deshace de pronto con la lluvia.
Sentir bacterias extraterrestres que vuelan en la atmósfera,
Volar en el silencio de una canción culpable.


(...)


Fotografía: Ciudad Abierta, Ritoque.

martes 7 de febrero de 2012

XVI. Passeig de Gràcia a las 5 am.

2Las primeras gotas de lluvia comenzaron a chocar contra los cristales empañados que los cubrían de todo lo que sucedía allá afuera en La Rambla. Estaban recostados en el suelo, cubiertos por sus ropas, mientras sus piernas se enredaban en el divertido juego de no dejarse escapar. La alfombra era lo suficientemente cálido como para contener los dos cuerpos desnudos que observaban los cuadros pintados en las paredes: ella se acercó y le dio un beso, él la abrazó nuevamente. Las tazas de café estaban en su lugar, con el humo que se alzaba hasta el techo dibujando los nombres secretos de ambos: nadie podría saberlo nunca, esa había sido la promesa desde un principio. Serían capaces de contar el amor, pero jamás darían su identificación pues su historia podría representar a la de cualquiera que estuviese lo suficientemente loco como para creer en los sueños, por muy lejanos y oníricos que pudiesen parecer. Ella se levantó lentamente y fue en busca de un vaso de agua. Se acercó hasta el muchacho y sonrió al verlo dormir tan tiernamente: hubiese soñado con quedarse recostado sobre su pecho todo el día, pero una silueta extraña la hizo dar un sobresalto: las sombras avanzaban con sus enormes garras en dirección aquel hombre durmiente que parecía no tener la menor idea de lo que estaba a punto de abalanzarse sobre él. La muchacha tomó el vaso con agua y lo arrojó contra la pared: él despertó de golpe al sentir el agua fría que le caía sobre el pecho. 

- ¿Qué es lo que sucede?
- Que ya no podemos estar aquí.
- Pero...
- Las sombras han vuelto.
- ¿Dónde nos ocultaremos entonces? 
- No lo sé.
- Son las 5 de la mañana, no habrá nadie en las calles. ¿Eso es un punto a favor?
- Quizás...
- Vístete rápido y saldremos de aquí. Después de todo, nunca debimos haber estado en este lugar.
- Este lugar nunca ha existido y lo sabes.
- No tengo por qué saber todo lo que se te está ocurriendo.
- Pero lo hemos creado juntos, es cosa de que lo creas.
- Bien. Pero ahora vístete... no tenemos mucho tiempo para conversar. Ya debes haber tenido tiempo suficiente para pensar dónde iremos. 
- Claro. No sé si sea el lugar más seguro de Barcelona, pero ya veremos.

Con la camisa abierta y sus zapatillas sin abrochar, salieron corriendo por La Rambla cubierta bajo la nube de lluvia que avanzaba como un río sobre la ciudad. La oscuridad era tenebrosa y de vez en cuando se iluminaba con algún rayo que acababa sobre la punta de algún edificio alto, desde el cual se oía el grito de algún fantasma que acababa de ser sacrificado. Iban tomados de la mano, corriendo sobre el río que avanzaba en dirección contraria. Se detuvieron cerca de un farol para abrocharse el calzado y continuar avanzando rápidamente. Llegaron a la Plaça de Catalunya y un resbalón los dejó sobre las baldosas teñidas de sangre, situación que les produjo temor: ella lo ayudó a levantarse para comprobar de que no estaban heridos. Él indicó que continuasen el camino: la fuente encendida en medio de la nada iluminaba las nubes. Las sombras empezaron a tomar forma humana y sus pisadas estremecían el pavimento: los sables brillaban. Los vieron cada vez más cerca: Barcelona parecía crecer para hacerlos víctimas fáciles de los verdugos que venían hacia ellos con un enorme libro en blanco abierto, cuyas páginas humedecidas desfiguraban el paisaje corroído por la oscuridad y la lluvia. No había tiempo para pensar en nada más que en la huida, otra vez, de esas a las cuales ya se habían acostumbrado. Estaba acostumbrado a correr: mantenía su mano apretada a la suya mientras, en la otra mano, empuñaba la nota que ella le había dejado en el abrigo alguna vez. Sus pies corrían sobre el agua que les atacaba, pero que no era capaz de vencerles. 

Ella lo detuvo de pronto al ver que ya estaban a punto de ser capturados. Lo abrazó de la cintura y lo besó en silencio. Sintieron sus pasos, pero mantuveron los ojos cerrados, sin acabar el beso, sin cortar el abrazo y sin detener, en ningún momento, la unión que los mantenía vivos y en pie. Los oyeron reirse mientras los rodeaban con aquella cadena fría que fueron apretando a su cintura, pero no lograban separarlos. Se besaron con toda la pasión reprimida por el tiempo de distancia, por el temor a reencontrarse y que sucediese eso que sucedía en ese momento: por temor a volver a ser lo que siempre habían sido y nada más. Por temor a que de personas pasasen a ser personajes determinados por la voluntad del narrador. Cuando abrieron los ojos, sus miradas estaban humedecidas por las lágrimas y sus rostros comenzaban a dibujar la nostalgia. 

- ¿Qué es lo que va a suceder ahora?
- Nadie sabe de nosotros, ¿cómo vamos a pedir ayuda?
- Tú eres el que ha dibujado todo esto. ¿Puedes cambiarlo?
- Ya no. Las creaciones también toman vida propia, se escapan del propio control.
- Pero en el fondo, yo soy igual que tú, ¿o no?
- Sí, y tú eres igual que yo. 
- Te lo dije varias veces, pero parece que se te olvidó.
- Claro que no. Pero... ya no lo sé.
- No me sueltes, simplemente eso.

El muchacho sintió una lanza que se le clavaba por la espalda: ella no pudo contener una lágrima. La lanza se quedó en ese lugar, clavada a unos tres centímetros bajo su piel con un hilo de sangre que le corría por la piel y que se mezclaba con la lluvia que inundaban las baldosas de la plaza. Los fantasmas de alrededor los observaban con temor: ¿qué iban a hacer ellos? Dentro de las características de aquellos tipos de mundo, quizás fuesen a acudir en su salvación, pero no. La lluvia los espantaba, la electricidad suspendida los ahuyentaba por temor a ser víctimas otra vez. 

- El vehículo está en el Passeig de Gràcia, un poco más allá.

La tomaron por el brazo mientras a él lo arrastraban por el suelo. Una huella de sangre quedaba dibujada sobre las baldosas. Las calles estaban sombrías cuando la lluvia dejó de golpear el pavimento y un claro de luna comenzaba a asomarse sobre los árboles. Eran las 5 de la mañana y el Paseo de la Gracia veía un cuerpo arrastrado que era violentamente arrojado sobre un carruaje. La muchacha fue apartada, mientras los demás desaparecían en aquel extraño vehículo que se esfumaba con la niebla. Lo vio partir, tendido sobre una superficie irregular, con la sangre que le corría por el pecho y su mirada perdida. La muchacha se asomó al balcón para observar el Passeig de Gràcia, por el cual había perdido a aquel amor que había buscado por tanto tiempo, a quién había dejado aquella inocente nota que lo había conducido a un destino tan fatal.

Don't Speak

Vio sus lágrimas, mientras se le acercaba, susurrándole al oído palabras inconexas. Era una mezcla entre español y un inglés muy mal pronunciado, más bien parecía un balbuceo. Intentó alejarse, pero ella se lanzó sobre la mesa y lo miró con los ojos llorosos. No hables, ya sé lo que estás pensando. Los borrachos de alrededor parecían extasiados con aquella escena. Él se puso de pie y se retiró indignado: no había pagado por una prostituta borracha y desafinada.

lunes 6 de febrero de 2012

Servidor no encontrado

Digitó los caracteres en orden, cualquier error podría producir una catástrofe. Miró a todos lados, ajustó los controles del monitor y entonces presionó ‘enter’. Esperó y esperó mientras la pantalla respondía con un eterno ‘loading’ que parecía no querer avanzar. Llevaba casi 20 minutos de espera cuando oye a su hermano hablar por teléfono: habían cortado el Internet por no pago, hacía casi 2 meses.

domingo 5 de febrero de 2012

Pasos

Me indicaron cuál era el camino y yo seguí la dirección con la mirada: el pasaje era un poco angosto. No entendí mucho el idioma, si es por ser sincero. Me orienté por las palabras escritas en los carteles y viendo que la gente caminaba en el mismo sentido que yo. Los canales cruzaban la ciudad y en algún momento sentí el deseo de lanzarme sobre una de esas góndolas. No sabía dónde estaba y la gente a lo que yo seguía también se detuvo. Ellos también seguían mis pasos.