2Las primeras gotas de lluvia comenzaron a chocar contra los cristales empañados que los cubrían de todo lo que sucedía allá afuera en La Rambla. Estaban recostados en el suelo, cubiertos por sus ropas, mientras sus piernas se enredaban en el divertido juego de no dejarse escapar. La alfombra era lo suficientemente cálido como para contener los dos cuerpos desnudos que observaban los cuadros pintados en las paredes: ella se acercó y le dio un beso, él la abrazó nuevamente. Las tazas de café estaban en su lugar, con el humo que se alzaba hasta el techo dibujando los nombres secretos de ambos: nadie podría saberlo nunca, esa había sido la promesa desde un principio. Serían capaces de contar el amor, pero jamás darían su identificación pues su historia podría representar a la de cualquiera que estuviese lo suficientemente loco como para creer en los sueños, por muy lejanos y oníricos que pudiesen parecer. Ella se levantó lentamente y fue en busca de un vaso de agua. Se acercó hasta el muchacho y sonrió al verlo dormir tan tiernamente: hubiese soñado con quedarse recostado sobre su pecho todo el día, pero una silueta extraña la hizo dar un sobresalto: las sombras avanzaban con sus enormes garras en dirección aquel hombre durmiente que parecía no tener la menor idea de lo que estaba a punto de abalanzarse sobre él. La muchacha tomó el vaso con agua y lo arrojó contra la pared: él despertó de golpe al sentir el agua fría que le caía sobre el pecho.
- ¿Qué es lo que sucede?
- Que ya no podemos estar aquí.
- Pero...
- Las sombras han vuelto.
- ¿Dónde nos ocultaremos entonces?
- No lo sé.
- Son las 5 de la mañana, no habrá nadie en las calles. ¿Eso es un punto a favor?
- Quizás...
- Vístete rápido y saldremos de aquí. Después de todo, nunca debimos haber estado en este lugar.
- Este lugar nunca ha existido y lo sabes.
- No tengo por qué saber todo lo que se te está ocurriendo.
- Pero lo hemos creado juntos, es cosa de que lo creas.
- Bien. Pero ahora vístete... no tenemos mucho tiempo para conversar. Ya debes haber tenido tiempo suficiente para pensar dónde iremos.
- Claro. No sé si sea el lugar más seguro de Barcelona, pero ya veremos.
Con la camisa abierta y sus zapatillas sin abrochar, salieron corriendo por La Rambla cubierta bajo la nube de lluvia que avanzaba como un río sobre la ciudad. La oscuridad era tenebrosa y de vez en cuando se iluminaba con algún rayo que acababa sobre la punta de algún edificio alto, desde el cual se oía el grito de algún fantasma que acababa de ser sacrificado. Iban tomados de la mano, corriendo sobre el río que avanzaba en dirección contraria. Se detuvieron cerca de un farol para abrocharse el calzado y continuar avanzando rápidamente. Llegaron a la Plaça de Catalunya y un resbalón los dejó sobre las baldosas teñidas de sangre, situación que les produjo temor: ella lo ayudó a levantarse para comprobar de que no estaban heridos. Él indicó que continuasen el camino: la fuente encendida en medio de la nada iluminaba las nubes. Las sombras empezaron a tomar forma humana y sus pisadas estremecían el pavimento: los sables brillaban. Los vieron cada vez más cerca: Barcelona parecía crecer para hacerlos víctimas fáciles de los verdugos que venían hacia ellos con un enorme libro en blanco abierto, cuyas páginas humedecidas desfiguraban el paisaje corroído por la oscuridad y la lluvia. No había tiempo para pensar en nada más que en la huida, otra vez, de esas a las cuales ya se habían acostumbrado. Estaba acostumbrado a correr: mantenía su mano apretada a la suya mientras, en la otra mano, empuñaba la nota que ella le había dejado en el abrigo alguna vez. Sus pies corrían sobre el agua que les atacaba, pero que no era capaz de vencerles.
Ella lo detuvo de pronto al ver que ya estaban a punto de ser capturados. Lo abrazó de la cintura y lo besó en silencio. Sintieron sus pasos, pero mantuveron los ojos cerrados, sin acabar el beso, sin cortar el abrazo y sin detener, en ningún momento, la unión que los mantenía vivos y en pie. Los oyeron reirse mientras los rodeaban con aquella cadena fría que fueron apretando a su cintura, pero no lograban separarlos. Se besaron con toda la pasión reprimida por el tiempo de distancia, por el temor a reencontrarse y que sucediese eso que sucedía en ese momento: por temor a volver a ser lo que siempre habían sido y nada más. Por temor a que de personas pasasen a ser personajes determinados por la voluntad del narrador. Cuando abrieron los ojos, sus miradas estaban humedecidas por las lágrimas y sus rostros comenzaban a dibujar la nostalgia.
- ¿Qué es lo que va a suceder ahora?
- Nadie sabe de nosotros, ¿cómo vamos a pedir ayuda?
- Tú eres el que ha dibujado todo esto. ¿Puedes cambiarlo?
- Ya no. Las creaciones también toman vida propia, se escapan del propio control.
- Pero en el fondo, yo soy igual que tú, ¿o no?
- Sí, y tú eres igual que yo.
- Te lo dije varias veces, pero parece que se te olvidó.
- Claro que no. Pero... ya no lo sé.
- No me sueltes, simplemente eso.
El muchacho sintió una lanza que se le clavaba por la espalda: ella no pudo contener una lágrima. La lanza se quedó en ese lugar, clavada a unos tres centímetros bajo su piel con un hilo de sangre que le corría por la piel y que se mezclaba con la lluvia que inundaban las baldosas de la plaza. Los fantasmas de alrededor los observaban con temor: ¿qué iban a hacer ellos? Dentro de las características de aquellos tipos de mundo, quizás fuesen a acudir en su salvación, pero no. La lluvia los espantaba, la electricidad suspendida los ahuyentaba por temor a ser víctimas otra vez.
- El vehículo está en el Passeig de Gràcia, un poco más allá.
La tomaron por el brazo mientras a él lo arrastraban por el suelo. Una huella de sangre quedaba dibujada sobre las baldosas. Las calles estaban sombrías cuando la lluvia dejó de golpear el pavimento y un claro de luna comenzaba a asomarse sobre los árboles. Eran las 5 de la mañana y el Paseo de la Gracia veía un cuerpo arrastrado que era violentamente arrojado sobre un carruaje. La muchacha fue apartada, mientras los demás desaparecían en aquel extraño vehículo que se esfumaba con la niebla. Lo vio partir, tendido sobre una superficie irregular, con la sangre que le corría por el pecho y su mirada perdida. La muchacha se asomó al balcón para observar el Passeig de Gràcia, por el cual había perdido a aquel amor que había buscado por tanto tiempo, a quién había dejado aquella inocente nota que lo había conducido a un destino tan fatal.