lunes, 26 de enero de 2009

Vela

(Este es un cuento que escribí cuando tenía 17 años, cuando los cuestionamientos típicos de la época no me dejaban dormir. Fue una época crítica, pero creo que me sirvió para aprender demasiadas cosas. También me doy cuenta de pese a tener 3 años más, sigo cuestionándome muchas de estas cosas...)

Y me he pasado todo el día observando como la vida se deshace bajo la llama de alegría que le he encendido, veo la vela que cae, el incienso se pega a mi olfato y el ambiente se llena del aire limpio que siempre soñé.


No creía en nada, ni en ti, ni en tu sombra. Tus pensamientos me eran enemigos, a los que quería acabar, convertirme incluso en asesino si fuese por mi propio bienestar. Era el solo hecho de ver tu imagen incolora, inodora e insípida que corría frente a mí, que se llevaba mis ojos por su río hacia el destino sin ningún fin.


El cielo me sonreía y las nubes se agolpaban para hacerme creer en su falsa amenaza de ataque sorpresivo, esa oscuridad que te hace tiritar y querer correr a casa, escapar a un lugar en donde te puedas refugiar.


Ya lo conocía, siempre decía lo mismo y no cumplía su palabra, era así, incoherente, pero igual le quería, escuchaba y entendía, era mi amigo silencioso que todos los días desde arriba, sobre el techo, se quedaba mirándome, yo no sé lo que pensaba de mi, por qué no hablaba y yo sí, pero sé que me cuidaba.


Pero esta vez era un poco distinto, esas nubes de mañana se agolpaban hacia los cerros y no podía siquiera ver la cima de los pequeños edificios, que en su avenida se extendían. No podía, tiritaba y quería llegar rápido a mi propio y final destino, lo mismo de siempre, aquella mesa rayada y coja que al menor movimiento de lápiz ya chillaba, a esa silla dura y corroída por las miles de vidas que la habían golpeado.


Nada era extraño en ese entonces, escuchaba los murmullos de la gente que transitaba a mi lado, sin prestarles atención, sumido en mi silencio, en mi mundo, en mi trance interdimensional que aún no puedo explicar. Veía flores y un parque hermoso, con su río, corría a él, me bañaba y nadaba, con la ropa puesta, sin pensar en el mundo. Pero ocurrió lo que no pensaba, como si fuese un rayo caído del cielo, un golpe en mi cabeza me hizo ahogar en esa momentánea alegría, tocar el fondo y no poder salir. Mis ojos lloraban y mis manos cubrían la cara de horror que no podía contener, ¡estaba frente a mi reflejo, mi propia imagen, de lo que quería huir y borrar, quería su destrucción y todo el mal acabar!


Lloré y lloré todo ese instante y cuando el bullicio aumentó, pude tranquilizarme. Volví en mí con la cara corroída por mis lágrimas, mis piernas adoloridas de patear cada cosa por el desquite que no logró tranquilizarme. ¿Qué más hacer, hacia dónde poder correr?


Y la vela se fue apagando de a poco, mientras el incienso se pegaba a mis labios, el fugo quemaba mi alma, todo se apagaba. Mi ánimo, mi vida, la luz disminuía, y de a poco, yo me dormía.

1 comentario:

Nina Avellaneda dijo...

TE PASO A SALUDAR , AUN NO LEO EL CUENTO , DESPUES QUE LO LEA TE POSTEO DE NUEVO , YA SÉ ;QUE ESTUPIDEZ , PERO TENÍA QUE PREGUNTARTE CÓMO ESTÁS Y CÓMO TE FUE EN EL SUR , Y SI ESTÁS FELIZ, Y DESARTE SUERTE XD!NOS VEMOS!