sábado, 17 de mayo de 2008

Pedazos de historias

Son 2 los años que ya han pasado desde el primer día en que me di cuenta de que comenzaba a cursar 4to medio y de que seguramente se convertiría en un año inolvidable. Hace algún tiempo tuve la oportunidad de regresar al colegio a “dar una vuelta” y a saludar a algunas personas conocidas que quedan: profesores y uno que otro compañero de cursos menores que conocí en diversas circunstancias. La experiencia de volver a caminar por ese suelo que te vio crecer de una u otra manera –estuve 4 años al alero de las murallas casi penitenciarias del régimen salesiano de Valparaíso- es algo difícil de explicar: uno pretende que al regresar a esa tierra se va a encontrar con toda la gente de antaño y de que todo va a ser igual, pero sólo bastan algunos minutos para darse cuenta de que hay mucha gente nueva y de que las cosas han cambiado bastante desde que había partido. Darse cuenta de esto resulta un tanto frustrante y triste, puesto que se tiene la sensación de que ese lugar te pertenece (parte de tu esencia parece estar impregnada en los pasillos que recorriste), sin embargo ya no eres parte de ese lugar. No queda otra opción que pensar que el tiempo es así: pasa y deja algunas cosas atrás, dándonos la posibilidad de adaptarnos a su ritmo y de continuar en la línea que se proyecta hacia un futuro más o menos certero.

Y no sé si será producto del frío o de la exagerada posesión de tiempo con el que cuento por estos días: las movilizaciones ya parecen haber perdido su sentido y no entiendo cuál es la pretensión de hacerlo eterno… como si perder todo este tiempo pueda ser compensado con el tiempo que tenía destinado para otras cosas hacia el futuro. Y, definitivamente, aunque me cueste reconocerlo creo que hasta extraño mi época de escolar y sobre todo de 4to medio; la época en que aún formaba parte de los llamados “pingüinos”, término que se hizo famoso por la enorme manifestación nacional que como resultado nos trajo la odiada –por otros querida- TNE.

Sí, extraño demasiado esa época en que este presente era para mí un futuro nebuloso en el que concentraba toda mi ansiedad y mis ganas de saber cuál sería la mejor determinación para saber qué hacer con mi vida. Era esa época en que todo alrededor era tan enredado y confuso: “es que nadie realmente me entiende”. Fue la época en que por primera vez sentí eso que es tan típico de la adolescencia que son los cambios de ánimo de 1 segundo a otro; largarse a llorar y matarse de la risa con escasos segundos de distancia: llorar en el metro por una profecía que espero no se cumpla y luego llegar a mi casa con una sonrisa como si nada hubiese pasado, como si todo en mi vida se viera perfecto y no tuviera ninguna otra cosa que hacer que dedicarme a mis estudios; los adultos se olvidan de que tuvieron nuestra edad en algún momento.

Era esa época en que más de alguna vez me preguntaron si ocupaba agentes externos a mi mente para lograr un éxtasis o una catarsis tan pronunciada en mis escritos, a lo que todavía puedo responder orgullosamente de que nada externo a mi propio pensamiento es lo que hace volar mi imaginación. Fue cuando comencé a tomar conciencia de que había algo en mí que me motivaba cada día a levantarme y a continuar luchando por lograr mis sueños, que ese gran sueño de infancia ha permanecido intacto y adquiere fuerza de vez en cuando. La época en que mis cuadernos de escritos ya no eran los mismos en que tomaba los apuntes de las clases, sino que eran cuaderno especiales: mi mamá dijo que para escribir necesitaba algo especial y le encuentro toda la razón, aunque más de alguna vez he escrito en el celular o en el primer papel que encuentro para no dejar que la debilidad de la mente me quite una idea. Época en que el cielo estaba nublado, hacía mucho frío y a veces me detenía a ver la lluvia caer: el ruido del agua cayendo sobre los techos es un placer realmente saludable para descansar la mente del ruido de la ciudad. Escribir delante de todos, sin preocuparme de si alguien me veía o no, jornadas que se hacían más y más largas en que cada día encontraba la inspiración y el tiempo para escribir cuentos que hasta el día de hoy me estremecen: ¿acaso tuve el poder de predecir parte del futuro? ¿Acaso lo que me contó la musa era más que un cuento?

La época de mi primer acercamiento a una relación que no duró mucho, pero en su momento fue algo que realmente me hizo sentir genial. Y luego seguiría el primer pololeo que… mejor no comentar. La época en que me di cuenta bastante tarde de que cometí un gran error que me ha pesado por mucho tiempo, pero de a poco se va borrando: todo por culpa del estúpido temor y una inútil filantropía que de nada me sirvió para “ser feliz” a través de la “felicidad del otro”. Una época en que aprendí a desconfiar de la gente y me di cuenta de que no todo el mundo tiene el derecho de ser llamado como amigo, lo que también me hizo ver toda la gente valiosa que me rodea y que me ha acompañado siempre: las grandes personas que tengo por amigos. Época en que realice muchos de los cuestionamientos trascendentales de mi vida, por los cuales aún continuó buscando una respuesta…

Con todo lo bueno y lo malo: fue una época grandiosa que comienzo a extrañar… sobre todo por el hecho del tiempo libre que legalmente tenía. ¿Qué mejor que la época del final en que prácticamente iba a escuchar música con un amigo y a conversar de cualquier cosa? Tiempo libre por todos lados en que realmente podía echar a volar mi mente sobre las incertidumbres del futuro. Extraño esa época en que gran parte de mi tiempo lo pasaba con mi grupo de amigos y con todas esas historias que creamos en el camino. Extraño caminar por esos pasillos y hasta encontrarme con gente que no me caía bien, extraño algunas clases y la penumbra que veía a cierta hora cuando sólo quería regresar a mi casa. Y es que no sé por qué siento que dejé una parte de mí en ese lugar y que hasta puede que algún día vaya a buscarla nuevamente, ¿quién sabe? Son pedazos de historias que en su momento uno sólo quería concluir, pero que a veces uno quisiera recuperar y continuar con la misma ansiedad de antaño.

2 comentarios:

Iulicious dijo...

hace miles de años que no pasaba por acá
me alegra saber que estás vivos y que después de este receso aún sabes tildar las palabras
jajaja
cuidate
nos veremos ???

Pablo Flores Pineda dijo...

Me quedan 6 meses y me voy del colegio.
A veces quiero volver a primero medio.
Otras veces no.

Saludos!