jueves, 13 de diciembre de 2012

Hablando con fantasmas

Entre penumbras de un valle oculto
se duermen las almas aún despiertas.
Quedan las marcas de un pasado presente,
de un futuro que pasa para quedar latente,
allá donde la gente persigue su vida
que ha sido capaz de trascender la muerte.
Vienen a mí cuando estoy despierto,
vienen a mí cuando estoy durmiendo,
vienen a contarme historias que no entiendo,
vienen a decirnos que existe un más allá.

No se duermen, corren locos,
corren en busca de una luz que no encuentran.
¿Veremos esa luz todos al momento de morir?
¿Veremos ese mundo que está más allá del umbral?

Fotografía: Jardín Botánico, Viña del Mar.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

De un lado para otro.

Fin de año y todo el mundo comienza a hacer eso que no hizo cuando tuvo tiempo: todos corren, se estresan, se odian mutuamente, hacen comprar compulsivas que luego pagarán todo el resto del año, sonríen suponiendo que viven el espíritu de las fiestas cuando ven el comercial en que Josefina Correa da a entender que navidad no es grandiosa si no aparece un LCD debajo de tu árbol navideño. En el otro extremo del consumo, se encuentra la vida de profesor que, según algunos depresivos-suicidas-autosubvaloradoresdelaprofesión, estaría bastante lejos de ese proceso puesto que somos seres de pensamiento crítico que no caemos en ese juego, algunos que están contra el sistema y toda esa bosta típica de gente rancia que ha fumado tanto que hasta las neuronas se fueron con el humo. 

Lo que sí es cierto del mundo docente, es que llegado diciembre todo el mundo se vuelve loco y empieza a llenar las notas que faltan, sacar promedios, completar leccionarios y, en muchos casos, comenzar a temblar al ver que se acerca la respuesta de la continuidad en dicho establecimiento educacional. A veces me arrepiento de haber sido tan eficiente que pude terminar de cerrar todo lo que respecta a libros de clases durante la semana pasada y horas libres de semanas anteriores, puesto que ahora soy un zombie que divaga dentro de la sala de profesores y el "Biblio cra" (descubrimiento reciente, con amplios espacios donde puedo escuchar música, escribir y leer). Ya me aburro de mirarla la cara a los demás docente que siquiera te dirigen la mirada puesto que están sumidos llenando informes de personalidad -tarea administrativa de profesores jefes, cuyo cargo afortunadamente no tengo y que me libera de mucha pega no remunerada- y sacando promedios cuando el deadline indica que el viernes será la hecatombe: cerrar el año (de una puta vez), salvar a los alumnos rezagados que no deberían pasar pero que hay que hacer pasar "porque sí" (entiéndase en idioma universal, un alumno que repita puede que se vaya del colegio y eso es perder una matrícula y blah blah blah, todo asunto de dinero). He visto llantos (más bien dramatizados, no tan literales) rogando por alumnos, ofrecimientos de coimas (obviamente, en tono de broma, algo de ética profesional queda) y más ruegos. Más de algún docente buena onda habría hecho la peregrinación a Lo Vásquez para salvar a sus polluelos, pero a veces hasta la mismísima Vírgen del Carmen se da cuenta que ya hay almas perdidas y que no tiene caso interceder. 

Así fue hoy, moviéndome de un lado para otro. Del Biblio Cra donde estuve casi 2 horas escribiendo el primer cuento de mi cuaderno nº 18, para luego pedir permiso y volar de regreso a la universidad. Encontrarme con Sausalito (luego de esa temible subida, bajo los 24ºC de la hora) fue una experiencia casi religiosa, deja vu: un recuerdo grandioso de algo que echaba de menos. Sí, echo de menos mi época universitaria puesto que lo pasé muy bien y siento que quedaron muchas cosas pendientes (confianzas mal dadas, carretes, gente a quien empujar por las escaleras o qué sé yo). Esperé casi hasta pasadas las 5 de la tarde para hablar con una de las profesoras que marcó mi formación y que fue Pitonisa en mi camino de especialización. Este encuentro fue para contarle que mi vida laboral no va precisamente bien y que necesitaba de su ayuda para poder salir adelante. Fue grato volver a encontrarme con ella y conversar durante algún rato, pese a que sucedió aquello que temía: fue inevitable que me recordara que en segundo de universidad, ella misma me preguntó si optaría por lingüística, momentos en que yo dije que me iría por literatura. Decisiones incorrectas que me pesarían en algún momento. No odio la literatura, para nada, solo que en cuanto a estudio y especialización, me interesa mucho más la lingüística y su versatilidad disciplinaria de mezclarse con otras ciencias, etc. Quedamos en el envío de un CV para ver qué es lo que podría hacer: un punto a favor. 

Lo siguiente fue bajar desde Sausalito cuando la temperatura rodeaba los 27º C (según el gadget del teléfono) rumbo al centro de Viña en busca de centros en los cuales depositar aquel registro de actividad laboral y experiencias. De un lado para otro bajo el sol, buscando algo de brisa, queriendo salir corriendo de la radiación. Acabé tomando el metro rumbo a Valparaíso para pillarlo vacío y luego regresar a Quilpué a eso de las 20.00 hrs cuando la luz del día aún no se agotaba. Ya veremos qué es lo que sucede: he dejado casi 15 CV y comienzo a angustiarme. Por favor, querido 2013, traeme trabajo bien remunerado donde valoren lo que hago.


martes, 11 de diciembre de 2012

Crear

No he escrito en varios días y, de pronto, me viene toda la inspiración y recuerdo de que existe este espacio para que comente mi vida y mis pensamientos. Ha sido un año agotador y creo que ya lo he comentado tantas veces que hasta a mí me aburre decirlo, pero realmente recordaré este 2012 como un año tenso, cargado de etapas que tendrán buenos frutos en un futuro próximo (eso espero). Hacía algunos meses era sagrado que publicara una entrada al día, pero ahora se han ido distendiendo cada vez más, lo que demuestra ese necesario proceso mental de relajo de fin de año en que tus palabras también se quieren ir de vacaciones por algún momento. Aunque, la mayor parte del tiempo, escribir no es otra cosa que un descanso, un escape, esa necesidad interna de crear mundo nuevos. 

Sí, crear. Crear ficciones para desaparecer del mundo real cuando no me parece que está siendo lo mejor y más agradable para mí, como ha sido este último tiempo en cuanto al aspecto laboral que ya pronto debería acabar. Crear ese cambio global del cual tanto se ha especulado en el último tiempo y que nadie sabe realmente de qué se trata: siempre algo mejor, aunque ello implique algunos cambios un poco bruscos. No sé si será producto de ese cambio que ya comienza a dejarse sentir el hecho de que esté más relajado, a veces mi ánimo cambia de manera brusca: regreso a la bipolaridad. A ratos siento que las palabras se escriben solas y que solo soy un cuerpo físico que las reproduce para dejarlas grabadas. 

Crear voces, crear mundos, crear palabras, crear ritmos. Crear, simple y asombrosamente, crear.

By my side.

Sometimes I close my eyes
and I can fly away from everything.
That's the time when I see a better life,
a better world to live in,
where our dreams are coming true.
There's no need to escape from anything
cause everything we want is there.

So, where's that place that I want to find?
Maybe and my dreams, imagination.

Maybe just by my side. 

viernes, 7 de diciembre de 2012

Días de diciembre

El mar, del cual disto unos 20 kilómetros aproximadamente, se ve tan azul bajo la calurosa atmósfera que -según tantas prediciones científicas, semi científicas y pseudocientíficas- pronto explotará de sus campos electromagnéticos para traernos oscuridad. Nada se sabe de lo que podría ocurrir ese temido 21 de diciembre y tampoco le creo a las típicas películas de gringos en que siempre salvan al mundo, o bien, siempre se salvan ellos cuando es el fin del planeta: cosa extraña, porque si ellos también son parte del planeta entonces nadie se salva, acaso son seres que no pertenecen a la humanidad... ¿o es muy tonto lo que estoy diciendo? Un viaje en metro por los alrededores de Caleta Portales dan ganas, realmente, de sumergirse en ese mar que ha sido testigo de tantas historias y que seguirá siendo el escenario de otras muchas más. 

Días de diciembre con esa inseguridad de eso que está por pasar, de esas nuevas aventuras que comienzan pasada la medianoche del último día de este mes esperado y temido, como ya mencionaba anteriormente. Es inevitable, producto de la psicosis colectiva, pensar que cualquier cambio o cosa extraña está asociada al fenómenos frente al cual podríamos enfrentarnos: lluvia en diciembre en algunos lados, nuevos y fuertes terremotos a lo largo del mundo, cambio climático y desfase de las estaciones y esa extraña sensación de que el tiempo no acaba cuando quisieras que pasara volando. En realidad, eso último es más bien personal, sumado a la ansiedad de noviembre, en que tenía ganas de comer pizza y empanadas de queso durante todo el día. El estrés, el cansancio: nadie dijo que sería fácil lidiar con una práctica profesional poco grata, una tesis genial -pero mentalmente agotadora- y comenzar a trabajar de manera inmediata. Nadie dijo que el cuerpo no pediría descanso en algún momento y que ese instante está llegando cuando el calor te dice que se vienen las vacaciones que deseas y mereces. Vacaciones que traen consigo el término de procesos y el inicio de nuevas incertidumbres. 

Días de diciembre, de calor y de brisa tibia, a veces un poco magnética con ciertos sutiles ecos de voces subterráneas que, quizás, querrán entregar algún mensaje que cuesta entender. Días de diciembre en que te das cuenta que las estaciones van pasando y que, finalmente, todos avanzamos hacia la luz.

jueves, 6 de diciembre de 2012

Volador VII

Entre nubes nos encontramos como objetos voladores,
no identificados, perdidos, a la deriva,
somos astros de luz que recorren muchos sueños,
esencias de un universo en constante transformación.
Somos el mar con su viento alocado,
somos las olas que se pierden en la inmensidad,
somos el infinito que se concreta en el celeste;
un oceáno perdido que renace con el nuevo sol.

¡Que se alcen los sueños, con sus riesgos, con su color!
Unamos nuestros mundos en un par de versos
que cantaremos a la orilla del mar, mirando el cielo.
¡Somos el tiempo que enloquece cuando se pone el sol!
Cerrar los ojos, alzar los brazos,
sentir la brisa, dejarse elevar,
soltar los pies desde el suelo
y, simplemente, comenzar a volar.

Alza el vuelo, volador, volantín,
cruza las nubes en un segundo, sin temor,
vuelva tan alto como puedas 
y jamás te detengas, como un platillo volador.
 
Fotografía: Jardín Botánico, Viña del Mar.
 

miércoles, 5 de diciembre de 2012

Vuelo

¿Cuántas veces hemos abierto los brazos y nos hemos dado cuenta, con sorpresa, de que nuestros pies se han despegado del suelo y que ya cruzamos los aires a la velocidad que deseamos? Es tan simple como sentarse, mirar el cielo, respirar lento, sonreír, recordar los sueños y dejarse llevar por el viento que sopla fuerte por estos días cuando el sol parece quemar con violencia. ¿Qué tan lejos quieres llegar en tu vuelo? ¿Cuántos kilómetros, millas, países, continentes, planetas, universos y sueños quieres ser capaz de recorrer en un parpadeo? De pronto nos lanzamos a correr sobre la hierba de un prado verde y apacible -ese locus amoenus de una clase de literatura- que te lleva hacia la altura donde comienza la luz, donde nacen las nubes, donde la naturaleza coincide en la armonía de su propia perfección. Allí estamos en medio, sonrientes, satisfechos, felices. Allí estamos en medio de nuestros sueños que bailan alrededor. 

Allí estamos, agradeciendo cada espacio, cada momento, cada segundo de vida porque incluso de las experiencias negativas siempre podemos aprender algo. Aprender a ser agradecidos de lo bueno y de lo malo, aprender que la lluvia humedece la sequeda de la tierra de la cual volverá a nacer vida, aprender que en la oscuridad renacen nuevos seres cuya belleza también es admirable. Soñar, seguir adelante, permitir un espacio a la incertidumbre y al riesgo, permitir que la vida vaya mostrando sus caminos, abrir las manos al cielo y apartar la oscuridad de los sentidos humanos para permitir ver esa luz que es fuerte durante el ocaso. 

Abrir los brazos y alzar el vuelo. Cruzar galaxias, universos, ser tan rápidos como la energía que recorre todo en cuestión de segundos. Volar, cruzar el cielo, tocar las nubes y, al finalizar, sentir los pies que nuevamente tocan la hierba: ha sido un gran viaje que renace a cada instante.


lunes, 3 de diciembre de 2012

Fin de semana de relajo: Pichidangui.

Hace algún tiempo, a raíz de algunas temáticas propias de la literatura que trabajé con mis alumnos de tercero medio, surgieron los tópicos literarios dentro de los cuales, como siempre, me detuve en el querido locus amoenus y por un instante tuve la ilusión de que los alumnos ponían atención. Esas ilusiones son transitorias, pero al menos duró un instante y se agradece. Y ese lugar ameno es diferente para cada persona y he ahí el motivo de que en la literatura se pueda presentar de diversas formas, visiones, etc. Y justo que yo andaba buscando mi locus amoenus -en realidad, siempre he sabido cuál es, solo que quería volver- cuando me informan de que otro fin de semana más me verá recorriendo las arenas de Pichidangui, balneario ubicado al sur de Los Vilos, con una preciosa vista al Pacífico. Fue un necesario cambio de aire que incluso se llevó lo que quedaba de noviembre sin siquiera darme tiempo a decirle adiós. Parece que fue para mejor. 

Viernes en la noche y arrancan los motores a eso de las 20.20 cuando ingresamos al Troncal Sur rumbo hacia el norte: Villa Alemana desaparece en menos de 15 minutos cuando ya ingresamos a la nueva carretera que, de paso, se salta Limache y nos lleva a La Calera en algo así como 30 minutos (antes nos tomaba como el triple de tiempo). Otra experiencia es la de ingresar a la Ruta 5 Norte y encontrarse con camiones que viajan a lo largo del país, de vehículos que cruzan a toda velocidad. Por otra parte, los paisajes no dejan de cautivar con ese tono iluminado que se produce cuando el sol comienza a ocultarse: el valle cambia de color, la penumbra comienza a rodearlo de una manera que no puede ser sino hermosa. Cruzamos el Túnel El Melón, cuya extensión me producía temor antiguamente, para llegar al sector de La Ligua. Seguimos adelante y a eso de las 22.00 hrs nos estacionábamos frente a la cabaña desde la cual se observa la enorme montaña sobre la cual se sitúan algunas antenas de radio. Grandioso: paz, ruido de la naturaleza, silencio y... zancudos (cosa para nada buena).

Si debo describir el fin de semana en una palabra sería "relajo", llegando momento en que no me salía una sola palabra (lo que puede parecer preocupante si se considera mi capacidad de pronunciar miles de palabras por minuto sin que mi lengua muestre el más mínimo signo de fatiga), solo mirando el paisaje y empapándome del aire limpio de estar lejos de la ciudad. Desconexión casi total de no ser por el teléfono celular. El viento en la playa, las caminatas en la arena, las empanadas de queso, el paisaje, el mar. Pichidangui es ese locus amoenus que me carga de energía y, esta vez, en el momento oportuno. Ya estaré pensando en volver una vez más en un futuro próximo.

Fotografía: Pichidangui, Los Vilos, Región de Coquimbo.