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domingo, 19 de junio de 2011

15. Un juego peligroso.


Cuando Andrés llegó a su casa, eran casi las 7 de la tarde. Reposó un instante en el sillón mientras descansaba: el ascenso por la calle Almirante Montt a veces le producía un poco de agotamiento, aunque no por eso le desagradaba vivir en el Cerro Alegre. De vez en cuando, salía a caminar por el paseo Atkinson para ver los colores de la Joya del Pacífico que, por las noches, parecía tener más vida que durante el día: luces que se perdían en las alturas de los cerros donde cualquier persona se sorprendería por ese tipo de construcción tan peculiar. Dejó sus cosas en su habitación y luego regresó para encender la televisión: sirvió unas galletas en un plato mientras divagaba su mente en busca de algún canal interesante. Al poco rato, vio llegar a Jaime.

-          Hola.
-          Hola –respondió sin mayor interés.
-          ¿Hasta cuándo vas a seguir con esa misma actitud, Andrés?
-          No lo sé. Hasta que tú pienses un poco mejor las cosas.
-          A ver. Hace poco me accidenté y todavía no me recupero del todo. ¿Puedes dejar de pensar un poco en ti mismo y darte cuenta de que existe más gente alrededor?
-          Has tomado lo de tu accidente como excusa para todo. ¿No te parece un poquito aprovechador de tu parte?
-          ¿Sabes? Mejor no sigo conversando contigo, no hay caso. Cuando se te pase la tontera, si quieres hablar como persona civilizada, voy a estar en mi pieza.

Andrés no respondió. Continuó jugando con el control remoto mientras su hermano subía las escaleras en dirección a su habitación. Luego de algunos instantes, también subió a su habitación, caminando lentamente por el pasillo: en algún momento limpiaría el desorden que había dejado en la mesa contigua al sillón. Se acercó a su ventana y corrió la cortina: era verano en el Pacífico y la luz se extendía hasta casi las 9 de la noche, aunque ya divisaba algunas luces en los cerros. El mar estaba tranquilo. Los barcos se van y vienen acá, disfrutan la orilla y luego se van. Sacó del cajón de su velador su pastilla: nunca había sabido qué era lo que contenía, pero según había podido investigar, era para controlarse. ¿Controlar qué, si se sentía tan bien? No había nada extraño en su vida. Tomó el vaso de agua que estaba encima del libro de Roberto Bolaño que le habían regalado y miró los cuadros que habían en su habitación: el paseo con su hermano al Lago Llanquihue. ¿Qué era lo que estaba pasando para que todo se estuviese tornando tan negativo? Eran casi las 9 de la noche cuando decidió acercarse a la habitación de Jaime.

-          Hola, Jaime.
-          Hola. Pasa.
-          Gracias. Quiero conversar.
-          Siéntate –le indicó la silla del escritorio, mientras dejaba el libro sobre la cama.
-          Siento que esto no está nada bien.
-          Obviamente no está bien.
-          Es que tú nunca me quieres escuchar…
-          No empieces con eso. Yo podría decirte lo mismo a ti.
-          Pero es que es verdad.
-          Tú tampoco quieres escuchar lo que yo te digo. Solo me echas la culpa a mí. Admite que la culpa la tenemos los dos.
-          No sé…
-          Yo ya te dije que no me iba a pelear contigo por un tema tan estúpido. ¡Somos hermanos, Andrés! No puede ser que hayamos llegado a esto por… eso. Lo único que te importa es el dinero, la herencia.
-          Es un tema importante, aunque tú no lo valores.
-          No valoro el dinero, te valoro a ti porque eres mi hermano. Podrías intentar hacer lo mismo.
-          Claro que te valoro, Jaime.
-          ¿En serio? Por eso cambiaste tu actitud cuando supiste la verdad sobre la herencia.
-          Yo solo quería que llegáramos a un acuerdo.
-          Yo ya te dije que no estoy interesado en el dinero. Quédate con el 80% si quieres.
-          ¿En serio?
-          Ya te lo dije mil veces. Me da mucha pena que no te importe ninguna otra cosa.

Jaime se puso de pie y caminó hasta la ventana que estaba abierta. Como era su costumbre, caminaba descalzo y en boxer, con una camiseta azul. Se detuvo un instante a mirar los cerros que ya comenzaban a iluminarse. Apoyó las manos en la madera.

-          Pareciera que lo único que piensas es que me quieres ver muerto para poder quedarte con todo el dinero. Quédatelo todo si eso es lo que te hace feliz. No voy a reclamar nada. No me interesa.

Andrés salió cabizbajo de la habitación. Bajó corriendo a la cocina y abrió el refrigerador: había ron. Bebió directamente de la botella hasta dejar la mitad. Sintió que todo comenzaba a dar vueltas. Tomó un cuchillo, que cayó al suelo. Nubes, formas difusas, ruido extraño, voces del más allá que le hablaban de que tenía que hacer una cosa, otra, tal vez la primera, tal vez ninguna o quién sabe qué. Abrió los ojos nuevamente y se vio caminando por el pasillo rumbo a la habitación de su hermano que, al verlo, se puso de pie rápidamente.

-          Andrés, qué estás haciendo…
-          Nada, hermanito, solo quería venir a darte un abrazo.
-          Ándate de aquí.

No alcanzó a cerrar la puerta, porque Andrés ya estaba dentro de la habitación. Dio un manotazo al aire y Jaime lanzó un grito de dolor, al momento en que su camiseta se rompía a la altura del pecho. Su mano se manchó de sangre. Andrés lanzó otro golpe al aire y la camiseta se rasgó en una costilla.

-          ¡Andrés, para!
-          No sé lo que estoy haciendo, pero creo que es lo mejor.
-          ¿Lo mejor? Siempre quisiste hacer esto –Jaime lloraba, respirando con dificultad mientras intentaba huir.

Se apoyó en la pared, al momento que el cuchillo le atravesaba el pecho hasta chocar con el cemento. Cuando Andrés lo quitó, estaba manchado de sangre y pintura. Jaime se apoyó en la muralla mientras descendía hasta sentarse en el suelo. Apoyó sus manos en el suelo e intentó arrastrase, instantes en que Andrés lo sujetaba del tobillo derecho para clavarle el cuchillo, primero en uno y después en el otro. Apenas eran audibles los gritos de auxilio que su hermano lanzaba al aire, pidiéndole que dejara de hacer eso, que se podía quedar con toda la herencia, que a él no le importaba, que él era su hermano y eso era lo único que le interesaba, que no más, no, no, no, por favor, Andrés, no sigas, me duele, por favor, no, no, no, me estás matando, ¿te das cuenta? ¡Eres un asesino! ¡Te has convertido en el asesino de tu propio hermano! ¿Se te olvida que eres mi hermano, mi mejor amigo, con quien tenía la confianza de hablar de todo, de confiarle cada pensamiento? El cuchillo le atravesó la planta del pie, derramando sangre por sobre los dedos hasta llegar al suelo.

Se detuvo por un instante y dejó a Jaime boca arriba. Lo vio respirar agitado, con toda su ropa destrozada por las puñaladas, con su piel herida y sangrante, con aspecto moribundo, como el de un juego de infancia en que debían imitar distintas situaciones planteadas por el resto del grupo. ¿No era divertido? Si siempre habían sido buenos para jugar, para pasarlo bien. Se acercó para darle golpes en la cara: vio que sus manos también se manchaba de rojo.

-          ¿Te gustó el juego, Jaime?
-          Andrés, esto no es un juego. Lo que acabas de hacer no es un juego.
-          Yo solo… estaba jugando –miró el cuchillo que tenía en las manos. Se puso de pie y lo dejó en el suelo.
-          Ha sido el juego más peligroso que has hecho.
-          ¡Pero gané! Yo me quedo con todo.
-          Sí, me ganaste. Pero no sé qué vas a ganar –sus palabras eran entrecortadas.

Tomó el cuchillo con sus dos manos y lo alzó al aire. Jaime vio el cuchillo en la altura y mantuvo los ojos abiertos: ya sabía lo que iba a suceder y, pese a todo, quería estar conciente de que había sido su propio hermano el que lo estaba cometiendo. Debía asegurarse de que él recordara para siempre su mirada, lo que había hecho. El cuchillo se clavó con tal fuerza en su pecho que Jaime dio un salto, mientras le abría la piel hasta las costillas. Una enorme mancha de sangre se extendió por sobre la alfombra. Dejó el cuchillo sobre el velador, desde donde las gotas caían al suelo. Salió de la habitación y miró atrás: el cuerpo de Jaime yacía en el suelo, completamente ensangrentado, con marcas de puñaladas hasta en la planta de los pies.

Abrió los ojos y vio que se había quedado dormido con el libro sobre la cabeza. Eran las 09.30 de la noche y ya debía salir pronto donde sus amigos. Se cambió de ropa y se duchó. Tal vez sería una buena decisión la de invitar a su hermano a la fiesta, para que después de algunos tragos, se les soltara la lengua y se relajaran, olvidaran todo los malos ratos y volvieran a ser tan amigos como lo habían sido antes de que surgiera el problema de la herencia.

-          ¿Jaime? –golpeó la puerta-. ¿Te parece si vamos juntos?

No obtuvo respuesta, por lo que pensó que su hermano estaba durmiendo. Salió de la casa y sintió un poco de frío. Después de todo, habían anunciado una tormenta que nunca llegó, pero, al menos, sí se notaba el cambio en el clima primaveral de la época. Se fu caminando por el paseo Atkinson, observando las luces de los cerros que se encendían hacia los cerros, iluminando de una manera muy especial la ciudad. Valparaíso era la ciudad más apasionante que hubiese conocido en toda su vida, una ciudad en la que quisiera estar por siempre, sentado mirando el mar: el amanecer, el mediodía, el atardecer, la medianoche… todo.

La sombra cayó al suelo, produciendo gran estrépito en aquella silenciosa calle albaceteña que pasaba tan desapercibida que no era extraño que alguien pensara que no existía. Se escuchó un gran grito luego del disparo que espantó hasta el ruido ambiental de los edificios aledaños. Todo quedó en silencio, suspendido en el aire ante la mirada de algún curioso que se acercó hasta el lugar, desviándose de su tránsito normal, para ver qué era lo que sucedía. Albacete era un lugar tranquilo en el que pocas veces sucedía algo como eso, por lo que era evidente que cualquiera pudiera sentirse sorprendido. Todo se había detenido en ese instante en que la gente dejaba de avanzar, una mancha de sangre que había salpicado el aire en gotas pequeñas que descendían en cámara lenta hasta ensuciar el pavimento siempre tan limpio, siempre tan bien cuidado. El viento parecía traer el recuerdo de algunas palabras e historias extrañas, silbando en los rincones ocultos, silbando sobre las cabezas de personas que, detenidas por culpa del tiempo, caminaban a varias cuadras de distancia del lugar. Nadie se había dado cuenta de nada, del alboroto que se tejía entre esos rincones, del cadáver que había caído sobre el pavimento y que aún respiraba un poco agitado.

       -     ¿Te gustó el juego, Beatriz?
Beatriz dio un enorme grito antes de desvanecerse sobre los brazos de un policía que la alcanzó.

-          Señorita, ¿se encuentra bien?
-          ¿Qué cree? ¡He estado a punto de morir! Necesito un poco de descanso.
-          La llevaremos a un hospital. Quédese tranquila.

El policía se sentó a su lado, en la acera. Rápidamente, alguien le trajo un café que ella agradeció con una sonrisa. El cadáver de Andrés yacía en el suelo, al momento en que llegaban los equipos especializados. Beatriz sintió escalofrío de ver su rostro: los ojos abiertos, las manchas de sangre que le aparecieron en la ropa por todas las heridas de antaño que ahora volvían a tomar fuerza. Siempre había sido un prófugo de todo, de su vida, de su cuerpo mismo. De su mente sobre todo, porque nunca había podido controlar esa personalidad bipolar que lo había llevado a hacer tantas cosas de las cuales siquiera lograba tener recuerdo.

Levantaron el cadáver en una camilla al momento en que lo cubrían. Los transeúntes observaron durante un instante y luego continuar caminando por las calles como si nada hubiera pasado. Seguramente, aparecería la noticia en algún diario local, quizá nacional. Tal vez quedarían inconclusas muchas preguntas periodísticas. Beatriz observó el procedimiento con cierto temor y a la vez, tranquilidad: se acabaría todo y quizá su vida recobraría la normalidad. ¿Volvería Albacete, también, a ser lo mismo que antes? 

 

Fotografía: Calle Alcalde Conangla, Albacete, España. 

domingo, 5 de junio de 2011

14. Una calle sin salida.


El cuchillo le tocaba la piel y Beatriz ya imaginaba lo que podría seguir: ¿cuánto tiempo tardarían en descubrir su cadáver escondido junto al cuerpo del otro muchacho muerto? Cerró los ojos y esperó, sin embargo, como por reflejo, lanzó un codazo contra Andrés. Fue un golpe de apariencia suave, casi por cumplir, como para demostrar que se defendía y que quería seguir con vida. Un golpe sin muchas intenciones de acabar con su enemigo. De pronto, el cuchillo caía al suelo junto con Andrés. Se volteó rápidamente para ver a su enemigo que retrocedía, sin poder equilibrarse, hasta golpearse con la puerta de vidrio que estaba abierta. Cayó al suelo, inconciente, cuando Beatriz aún no lograba reponerse del susto de lo que estaba sucediendo. Pero no perdería más tiempo: ya había arriesgado demasiado quedándose al interior de ese departamento putrefacto. No quería formar parte de la reserva de cadáveres para as fogatas de los pobres, durante invierno. Corrió hacia la puerta y la cerró de golpe, bajó las escaleras hasta llegar a ras del suelo y cuando al fin estuve fuera del edificio, respiró aliviada. Albacete estaba completamente vacío; después de todo, las pesadillas que la habían agobiado durante semanas eran un deja vú.

¿Dónde iba a huir en estos momentos? Su casa estaba un poco lejos como para correr inmediatamente hacia ese lugar y, además, corría el riesgo de que Andrés pudiera estar espiándola desde algún lugar, esperando cualquier descuido para soltar el disparo. Corrió por la Calle del Ángel hasta llegar a la Avenida de España, buscando algún autobús para despistar. Miró hacia el Corte Inglés: ¿hacía cuánto tiempo que no lo visitaba? Tal vez, sería un buen momento para reconciliarse y, de alguna forma, poder con él como un amigo, porque, realmente, se había dado cuenta de que lo necesitaba. Corría el riesgo de que él ya no quisiera verla, pues, hacía unas dos semanas que no le contestaba las llamadas. Agachó la cabeza y respiró profundo: no tenía otra opción en esos momentos.

Ingresó al edificio y fue inevitable recordar todo lo sucedido. La última discusión y “el no te quiero volver a ver nunca más”. Eran tantas las cosas que se habían dicho y que, particularmente, ella había dicho. Se acercó al ascensor y presionó el botón para subir. Tú tienes la culpa, tú eres quien no se ha dado más tiempo para mí, te la pasas todo el día con tus amigos. ¿No te he dado el tiempo suficiente? Mentiras, mentiras, mentiras. Creo que, en verdad, ya no te necesito. Tú no me necesitas y yo tampoco. Se abrió la puerta del ascensor y el sonido de sus tacones lo hizo tambalear ligeramente. Está bien, no debí decirte eso, en realidad… ¿qué? El ascensor se detuvo y se abrió la puerta. Beatriz caminó por el pasillo hacia la puerta que probablemente, iba a permanecer cerrada para ella. Se acercó lentamente y vio que la luz se reflejaba en las baldosas. Golpeó la puerta.

-          César, soy yo…

No hubo respuesta. Golpeó nuevamente mientras rogaba que César se acercara a la puerta y le abriera. De lo contrario, tendría que pensar en alguna forma de salir corriendo sin que nadie se percatara de su presencia. No hubo respuesta, tampoco parecía escuchar los suaves susurros de voz con los cuales lo llamaba por su nombre. Golpeó nuevamente y la puerta se abrió ligeramente. Miró a todos lados e ingresó lentamente, cerrando la puerta.

-          ¿César?

No lo vio por ninguna parte. Dejó su abrigo sobre la pequeña mesa que había a la entrada y caminó por el pasillo que estaba lleno de polvo. Era cierto que se lo pasaba de fiesta en fiesta y olvidaba el detalle mínimo de ordenar su departamento de vez en cuando. Recorrió toda la casa, convenciéndose así misma de que su acción era psicopática, de una ex que vuelve a la casa a esperarlo. No estaba por ningún lado o se estaba escondiendo de ella. Al parecer, la paranoia de Andrés era contagiosa. Se resignó a que lo único que le quedaba era enfrentarse a la realidad. Regresó a la salida y tomó su abrigo, con tristeza. Vio, en el reflejo del espejo que estaba en la pared, que la puerta en donde César guardaba la ropa de abrigo estaba entreabierta. Abrió la puerta y un líquido rojo inundó el pasillo repleto de polvo, mezclando la suciedad que le llegaba hasta los zapatos. Se le llenaron los ojos de lágrimas: César era uno más de los abrigos, colgado por el cuello en uno de los ganchos que le atravesaba la garganta.

-          ¿Cómo llegaste tan rápido, Beatriz?

Beatriz retrocedió asustada y chocó con la pared, palideciendo en la medida que se le aceleraba el corazón.

-          ¿Qué has hecho, Andrés?
-          ¿Tengo que explicártelo? No lo viste por ti misma, ¿o quieres que te cuente detalle por detalle, paso por paso?
-          ¿Por qué? ¿Por qué a César?

Andrés apareció desde la cocina, con los brazos vendados y un parche en la cabeza. Tenía heridas en el rostro, lo que no impedía que sonriera. Se fue acercando a Beatriz, mientras ella retrocedía, avanzando hacia el salón. Lloraba de desesperación mientras chocaba con las cosas que encontraba en el camino. Andrés reía al verla.

-          Qué genial eres, Beatriz, que puedes caminar de espaldas.
-          Aléjate, Andrés, o te juro que te mato.
-          ¿Tú me vas a matar a mí?

Beatriz vio que se acercaba al balcón. Estaba en el cuarto piso, por lo que no sería una buena opción la de saltar. Se aferró al vidrio y le lanzó las sillas que iba encontrando.

-          ¿Sabes, Beatriz? Me dolió bastante el golpe contra el vidrio. Pero he soportado golpes peores. No sé si tú puedas soportar golpes como ese.
-          ¡Aléjate!
-          Nadie te va a escuchar, estás loca. Porque yo no existo. Soy una creación de tu mente.

Ahora era lo único que faltaba: hacerla parecer loca. Beatriz sintió rabia de no poder hacer nada para poder escabullirse, mientras veía que el precipicio estaba cada vez más cerca. Acabaría siendo un cadáver sobre la acera de la Avenida de Hellín, sumergiéndose en el cemento hasta desaparecer. Al verlo a su lado, se acercó hasta el balcón y cerró los ojos, antes de soltar su cuerpo. Pero una mano la detuvo.

-          Tú no vas a ningún lado, Beatriz.

Sus pies volvieron a tocar el suelo, mientras la empujaba de regreso al interior del departamento.

-          César, ¿todo bien? –la voz de un vecino se acercaba desde el pasillo-. He visto que tienes la puerta abierta y he querido decírtelo, pero…

Dos disparos en el pecho y el hombre cayó al suelo.

-          Siempre supe que la única forma que tú pudieses ser mía, Beatriz, era acabando con César. He ahí el motivo de que lo haya hecho. Pero, al parecer, tú tampoco quieres estar conmigo. ¿Qué es lo que quieres que haga? Si al final, para lograr algo, siempre tengo que eliminar a mis enemigos.

Beatriz se puso de pie y lo abofeteó con fuerza. Fueron tantos los golpes que Andrés no pudo hacer nada para evitarlo, perdiendo el arma que tenía en las manos. Andrés retrocedió asustado, hasta llegar al balcón.

-          Jamás voy a querer estar con alguien como tú. ¿Lo has oído? ¡Jamás!

Andrés, enfurecido, dio un paso adelante para golpearla por lo que le acababa de decir. Sentía la furia de la vergüenza, de haber hecho el ridículo todo ese tiempo y de haber creído en la extraña ilusión de poseer a esa mujer. Beatriz volvió a sentir el miedo al ver a ese hombre encolerizado que parecía hacerse más fuerte por el odio que sentía en ese momento.

-          ¡Vas a morir igual que todo estos!

Sus zapatillas negras resbalaron en las baldosas blancas de la terraza: la sangre de los cadáveres se había pegado a su calzado, llenando de huellas rojas el suelo. Beatriz lo vio alzar los brazos para aferrarse de las puertas, pero el vidrio no era lo suficientemente fuerte como para soportar su peso. Su espalda tocó la baranda de la terraza. Lo último que alcanzó a ver, fue la suela de sus zapatillas, manchadas de rojo, mientras desaparecía en el aire. Cuando Beatriz llegó al balcón, observó un cuerpo que yacía en la avenida de Hellín que estaba desierta bajo las luces de los faroles.

El departamento se llenó de gente que tomaba fotografías: los flashes iban y venían. Beatriz permanecía sentada en el sillón, al lado de un policía que intentaba tranquilizarla. No hablaba. Solo se la vio llorar al ver que recogían el cuerpo de César, para cargarlo sobre una camilla que luego cubrirían con una manta mientras era sacado del edificio, ante la sorpresa de algunos vecinos que comentaban lo extraño que le parecía el silencio de las últimas semanas por parte de ese muchacho. Nadie lo había visto en mucho tiempo, pero nadie había tenido la idea de lo que había sucedido.

-          ¿Qué harán con el cadáver del otro?
-          ¿Qué otro cadáver? ¿Ha asesinado a una tercera persona?
-          Acá no. Deben ver en su piso. Pero él ha caído por el balcón. Su cuerpo está en la avenida de Hellín.
-          Debes tranquilizarte, Beatriz, que ya le encontraremos.
-          ¡Pero si está ahí! Yo mismo lo vi caer –corrió hacia el balcón y miró hacia la calle, pero el cadáver no estaba en ninguna parte.

Beatriz se llevó las manos a la cabeza, mientras el policía le ponía una mano en el hombro. Salieron del edificio y subieron al vehículo policial. Al fin podía sentirse relativamente segura. Miró a todos lados, buscando encontrar el cadáver que quizá alguien habría arrojado a un basurero al pensar que estaba perturbando el normal tránsito de los peatones, pero no había rastros de nada. El policía encendió el motor y partieron rápidamente, en dirección al Parque Lineal. De pronto, dos disparos quebraron el parabrisas del vehículo: el conductor cayó sobre el volante, sin detenerse, mientras se dirigían contra un farol. El copiloto logró controlar el automóvil.

-          ¿Todos están bien?
-          ¿Qué ha sucedido?
-          ¡Es él! –exclamó Beatriz, ocultándose de las ventanas-. Va a volver, está cerca, va a continuar disparando.

El copiloto no tuvo tiempo a reaccionar, cuando un muchacho se acercó a su ventana y dio cinco disparos. Beatriz salió por una ventana y se escondió tras el vehículo, escapándose de los disparos de Andrés, que provocaron la histeria colectiva de todos los transeúntes que deambulaban tranquilamente, hasta ese entonces. El pavimento se llenaba de balas que caían una y otra vez: al parecer, el joven venía preparado para una guerra y no descansaría hasta ganarla.

-          ¿Qué te parece si hago volar el cochecito policial, Beatriz?

Beatriz cruzó la calle y se escondió tras un edificio, al momento en que el vehículo se incendiaba ante la mirada estupefacta de todos. ¿Qué estaba sucediendo en Albacete? Echó a correr en cualquier dirección, siquiera sabía el nombre de la calle ni dónde la llevaría. ¿Acaso sería una calle sin salida? ¿Acaso acabaría cayendo en la trampa? Corría, corría sin rumbo, doblando en cualquier esquina, asegurándose de que se alejaba de la Avenida de Hellín. Se detuvo de pronto: tenía una pistola que le tocaba directamente la frente. Sintió el sudor frío que le corría por el cuerpo. Se oyó un disparo que espantó a una bandada de pájaros que anidaba en un árbol cercano. La sombra de un cuerpo se desvaneció en la pared donde se reflejaba el sol de mediodía: la primavera en la ciudad ya comenzaba a ser calurosa. 


 Fotografía: Avenida de Hellín, Albacete, España.

domingo, 29 de mayo de 2011

13. Cadena de silencio.


Cuando Beatriz soltó el cuchillo, tenía las manos y la ropa manchada se sangre. Se quedó en el suelo, agitada, sin poder hacer nada más que angustiarse ante lo que acababa de suceder: ante lo que ella misma acababa de hacer. Lo había hecho en defensa personal, sí, eso era, él la había querido atacar y ella se había defendido, no hay ningún crimen en intentar defenderse de una persona loca que intenta atacarte. ¿No es así? Andrés estaba en el suelo, inconciente, con heridas en todo el cuerpo y su ropa manchada. Estaba en un gran lío: huir en ese preciso instante, pero entonces pensarían que ella habría sido la asesina; llamar a la policía y decir lo sucedido, pero arriesgarse a ir a la cárcel ante lo inverosímil que resultaría la historia. Despertar a Andrés a golpes, cortar su cuerpo en pedacitos pequeños –estando él aún vivo- hacerlo desaparecer en algún basurero y decir que jamás había conocido a alguien con ese nombre, a lo más, que se trataba de un compañero de clase con quien no conversaba mucho por encontrarlo un poquito extraño.

Dejó el cuchillo en el suelo y fue directo hasta la cocina para lavarse las manos. Vio su ropa manchada: al menos traía una chaqueta con la cual cubrirse para que nadie sospechara de lo que había sucedido. Lo que más le causaba temor era el hecho de que nadie iba a creerle, después de todo, no sería la primera vez que tenía un conflicto un tanto violento con un hombre. Se sentó sobre las baldosas de la cocina –que estaban bastante sucias, al parecer, no las habría limpiado en unas cuantas semanas- y se echó a llorar de desesperación. Se acercó a una ventana y vio a un vecino que colgaba ropa, sin prestarle mayor atención. Era mejor que nadie se diese cuenta de que ella había estado ahí, así sería mucho más fácil desaparecer. Sintió pasos que la hicieron levantarse asustada y pegarse a la pared, mirando a todos lados: Andrés podría aparecer desde cualquier punto. Por el pasillo, vio una sombra que se acercaba, una mano que se apoyaba en la pared en la medida que un cuerpo extraño, sin rostro, iba apareciendo. Sintió temor.

-          Tranquila, Beatriz. Yo ya estoy muerto.
-          ¿Quién eres?

La silueta difusa avanzó hasta la cocina y cerró, de golpe, la ventana. Beatriz permanecía en su lugar, aferrada a la pared, buscando algún objeto con qué defenderse: a la vista, solo habían unos cuantos platos sucios que podría lanzar, tal vez, infructuosamente contra su enemigo. Pero este no parecía ser enemigo, ni mucho menos, parecía poder hacerle algo. Era difícil determinar qué era. Vio que su mano le indicaba que lo siguiera, pero ella no se movió de su lugar. Sentía el sudor frío que le recorría el cuerpo y el latido del corazón que le agitaba el pecho. La silueta desapareció y, entonces, pudo reincorporarse.

-          ¡Quién eres, joder!

Se acercó al pasillo y vio huellas marcadas sobre las baldosas. Se armó de valor y siguió el camino, cruzando el salón sobre el cual yacía Andrés. Las cortinas que daban a la terraza estaban abiertas y pudo ver que los ventanales estaban entreabiertos. Era la primera vez que se percataba de que existía ese lugar que había pasado desapercibido en un primer momento. Pasó al lado de Andrés, casi corriendo, y llegó hasta ese lugar que le llamaba la atención de manera extraña. Corrió el ventanal e ingresó a ese lugar: el olor era muy fuerte. Había algo que se estaba pudriendo en su interior. Observó que la puerta de la despensa estaba abierta: unas cuantas botellas de alcohol estaban derramadas y el líquido goteaba hasta el suelo. Desde lejos observaba todas las reservas de alcohol que guardaban.

-          Este hombre es un borracho –pensó.

El viento comenzaba a soplar con fuerza sobre Albacete y los ventanales temblaban. Nubes negras avanzaban hacia la ciudad y, nuevamente, comenzaría una tormenta. Beatriz se acercó hasta la despensa y corrió lentamente la puerta hasta que, de pronto, sintió que algo pesado le impedía seguir avanzando. Introdujo la mano para correrlo y retrocedió asustada. No fue necesario continuar abriendo la puerta para que el cuerpo casi desnudo de un muchacho cayera de bruces sobre las baldosas. Beatriz dio un grito, horrorizada ante este nuevo hallazgo.

Andrés comenzó a reaccionar. Le dolía la cabeza y el cuerpo, luego de un golpe que no lograba recordar bien. Apoyó las manos en el suelo y se clavó los vidrios de la mesa que, solo entonces, se percató de que había roto al momento de caer. Vio que sus calcetines estaban enrojecidos y entonces se percató de las heridas que tenía en el cuerpo. ¿Dónde estaba Beatriz? Todo le daba vueltas en la cabeza. Levantó la mirada y la vio tras la ventana.

-          ¿Qué estás haciendo ahí, Beatriz?

Beatriz, al oírlo, retrocedió asustada, dejando el cadáver en el suelo y saltando hacia el salón con rapidez. Observó a Andrés, mientras buscaba el cuchillo con la mirada. El muchacho logró ponerse de pie y se quitó los vidrios que se le habían pegado a la piel, dando muestras de dolor al sentir las nuevas heridas que se le iban formando.

-          ¿Por qué me miras así, Beatriz? Al menos dame una explicación de todo esto.
-          Estás loco, hombre. ¡Estás loco! ¿No te das cuenta de lo que has hecho? ¿Qué significa eso? –apuntó al cadáver arrojado sobre las baldosas-. No me importa, en realidad. Solo me iré de aquí.
-          Cuando puedas salir, claro.

Andrés se levantó y fue en dirección a la terraza. El cadáver estaba de boca al suelo: eran evidentes las marcas de cuchillos en su espalda. Lo volteó para ver su rostro: era Camil. Sonrió al verlo nuevamente, ya que hacía tiempo que no sabía nada de él: había sido tan extraña su desaparición que, reencontrarlo como cadáver le daba una sensación de alegría de saber en qué había acabado. Tenía el rostro marcado por golpes, los labios rotos y los ojos morados.

-          ¡Lo encontraste! Yo pensé que ya nunca más iba a saber algo de él.
-          Eres un asesino, Andrés.

El aludido echó a reír. Examinó el cuerpo que yacía en el suelo y comprobó lo que era evidente: estaba muerto. Introdujo los dedos en algunas heridas para comprobar que fueran certeras, ya no había sangre. Su piel estaba seca.

-          No sé qué habrá sido de ti, amigo Camil. ¿Por qué te fuiste, así de la nada? ¿No sabías defenderte de la vida? Eras como un hermano para mí, tal vez, por lo mismo, nunca supe entenderte. Te parecías tanto a Jaime que era como si fueras él, reclamándome por todas las cosas que hacía.
-          ¿Qué estás diciendo?
-          Déjame hablar con Camil, ¿no te das cuenta que no lo veía hace mucho? Al menos, tengo que despedirme de él. Espérame un poco que ya seguiré contigo.

Las palabras de Andrés le helaban la sangre. Tomó su teléfono móvil, guardado en su bolso, y apretó números sin saber qué hacía. Andrés se puso de pie y arrojó el teléfono por la ventana.

-          No vas a llamar a nadie, ¿entiendes?

Beatriz retrocedió asustada. Andrés continuaba observando el cadáver con interés, sintiéndose feliz de aquel hallazgo. ¿Habría sido él quien lo había asesinado? ¿Quién sería su próxima víctima? Observó al muchacho muerto sobre las baldosas: le parecía haberlo visto alguna vez, a la pasada, mientras se dirigía a la universidad. Lamentable final para él. Andrés tomó el cuchillo que estaba en el suelo.

-          ¿Cómo puedo asegurarme de que no vayas a ir por ahí diciendo lo que has visto, Beatriz? ¿Cómo me voy a asegurar de que esto no se sepa?

Tomó a Beatriz y, acercándole el cuchillo hasta el cuello, la mantuvo prisionera. El olor a muerte que había en el departamento ya había pasado a ser invisible.

-          ¿Tú ya sabías la verdad, no es cierto?
-          ¿Qué verdad?
-          De esto. Por eso también habías visto a Jaime.
-          ¿Qué estás diciendo?

Beatriz sintió el cuchillo que se le acercaba la piel. Era inminente que el filo se clavara en su piel para luego convertirse en otro cadáver más que, seguramente, acabaría guardado en la despensa junto al otro muchacho, como una reliquia, a la espera de que algún visitante los encontrara de improviso, para convertirse en uno más, en la eterna cadena de silencio.

domingo, 22 de mayo de 2011

12. Allá voy


El desorden de cosas tornaba de tensión la atmósfera que, de por sí, ya era lo suficientemente inestable como para pensar en algo concreto. El dolor en su espalda era algo con lo cual ya casi no podía lidiar: el paso de los años parecía quedar de manifiesto en ese único gran detalle que a veces le impedía ponerse de pie por algunas horas. Ese era el momento en que, arrojado en el suelo sobre las baldosas tibias de la primavera albaceteña, sentía que sus costillas se clavaban en el suelo y le destruían, suavemente, la piel, estableciendo un incómodo roce con la ropa. Seguramente, al sacar la cabeza por la ventana, se encontraría con una brisa de aire cálida que podría quemarle hasta las pestañas. Pero, desde el suelo, era poco lo que podía hacer. Su hermano, incluso desde su estado intangible de muerto, era capaz de controlarlo todo y decidir qué era lo que cada persona debía hacer.

-         Ya basta con todo esto, Jaime.

Apoyó las manos en las baldosas para levantar el resto del cuerpo, pero sentía la presión de los pies de Jaime sobre su espalda. Se volteó para observarlo y se encontró con la sangre que le ensuciaba la ropa y que caía como un río hasta el suelo. La imagen la produjo terror, aunque esa ya era una sensación a la que se estaba acostumbrando. Jaime lo observaba con esa mirada seria de siempre, la misma que lo había caracterizado desde el momento en que cerraban la tapa de su féretro. Ese mismo rostro sombrío y agobiado de dolor era con el cual aparecía siempre, de manera invencible, para recordarle una y otra vez ese extraño suceso.

-         Siempre te he apoyado en todo, Andrés. Pero no en esto.
-         ¡Por qué no me dejas en paz de una buena vez!
-         Porque sé lo que estás planeando y no te voy a permitir que lo hagas. No otra vez.
-         ¿Qué sabes tú?
-         No nos veamos la suerte entre gitanos, Andrés. No intentes creer, acaso, que vas a lograr engañarme. Bien sabes que lo sé todo.

Andrés sintió un aire gélido que le soplaba en la cara. Cerró los ojos y reposó el cuerpo contra la baldosa ante la imposibilidad de mover un solo miembro. Estaba completamente controlado por Jaime que, a cada rato, parecía presionar su espalda con mayor fuerza. Los distintos objetos arrojados por  toda la habitación cambiaba de lugar de manera constante, como si la tierra estuviese temblando, aunque “acá no tiembla” pensaba Andrés. Se arrastró algunos centímetros, pero sentía los lápices  y demás objetos que avanzaban en su contra, como queriendo retenerlo en el interior de ese lugar. Su habitación se estaba convirtiendo en su propia cárcel, de la cual no podría salir, dentro de la cual estaba siendo torturado. No había peor tortura que el encierro, sabiendo que estaba a tan solo pasos de abrir la puerta y correr por el pasillo en dirección al oxígeno del exterior.

Sintió un grito fuerte, desgarrador, que lo hizo temblar y cerrar los ojos. Ya lo recordaba y no sabía bien por qué. ¿Hasta cuándo iba a negar lo que había sucedido? ¿Hasta cuándo iba a tener el recuerdo de su hermano perturbando la armonía de su nueva vida? Abrió los ojos y vio a su hermano retrocediendo asustado. Miró a todos lados, pero no había nadie más: no podía ver quién era ese individuo que tanto atormentaba a su hermano, incluso en algún momento pensó que se trataba de él mismo, pero no podía ser. Vio a Jaime chocar de golpe contra la pared y luego caer al suelo con violencia, empujado por esa mano que aparecía desde la nada. Todo sucedía automáticamente, sin control, sin sentido, sin fin. Solo oía ruidos de golpes y expresiones de dolor por parte de su hermano. Ahora eran dos manos las que lo retenían en el suelo, de espalda, mientras le rasgaban la polera y lo mantenían en el suelo solo con ropa interior. Apareció un cuchillo que, luego de haber girado el cuerpo inmóvil de Jaime, comenzó a dar clavadas en su pecho: una y otra vez, una y otra vez, otras vez y una, salpicando sangre por todos lados, ante la resignación del muchacho que ya no tenía energía, siquiera para quejarse. Andrés se tapaba los oídos y miraba al suelo: no quería ver más, no sabía por qué lo estaba viendo. Jaime no iba a dejarlo en paz.

Fue un último grito y todo se silenció de golpe. Las cortinas temblaron y los objetos, dispersos en el suelo, retrocedieron. Andrés pudo darse vuelta y mirar el techo, respirando con agobio. Jaime ya no estaba, pero en su lugar había una gran mancha de sangre que teñía las sábanas.

-         ¿Hasta cuándo?
-         Hasta que lo asumas.

La voz provenía desde la nada. Jaime estaba en algún lugar, sin intenciones de mostrarse. Andrés pudo levantarse y vio que todas las cosas volvían a su lugar. ¿O es que acaso en ningún momento habían estado desordenadas y todo había sido producto de sus ilusiones? ¿Qué tan mal de la cabeza estaba? Después de todo, no era un tema que había superado del todo.

Beatriz había tomado el cuchillo, esperando cualquier cosa. Su aspecto trémulo destacaba su palidez: en qué momento se le había ocurrido ir a meterse al piso de alguien que, en sí mismo, era lo suficientemente extraño como para no despertarle confianza a nadie más. Chocando con todo lo que encontraba en su camino, se dirigió a la puerta que iba a dar al pasillo y huir a través de la cocina, sin embargo, la puerta estaba cerrada con llave. Corrió hacia la otra puerta que iba a dar directamente a la salida, pero esta también estaba cerrada. La única opción sería romper el vidrio, aunque esto no le aseguraría poder huir a través de los pequeños espacios que dejarían los cristales. Sintió que enloquecía: corrió hacia el balcón, pero luego se detuvo, asustada de ver la altura. Tampoco sería una buena opción la de saltar. ¿Pero qué más podría hacer? Tenía el cuchillo en su poder, a la espera de que Andrés apareciera desde algún lugar.

Sintió las pisadas que se acercaban hasta ella. Se apoyó en la pared y sintió que vibraban de manera extraña: él se estaba acercando.

-         ¿Beatriz, estás ahí?

Beatriz no dijo nada. Sintió que el pulso se le aceleraba en la medida que los pasos parecían acercarse. Empuñó el cuchillo ensangrentado, pensando que, tal vez, la sangre de una víctima podría acabar confundiéndose con la de un victimario que también sería otra víctima… o tal vez la víctima del victimario, el victimario de la víctima, el asesino del asesinato que asesina a la víctima… o tal vez él no había hecho nada y todo era un mal entendido. Seguro se había querido suicidar y luego del corte, habría querido ocultar el vestigio de su momento de no lucidez.

-         ¿Beatriz? Sé que estás ahí. Respóndeme. Solo necesito saber que estás.

La muchacha permaneció en silencio, temblando a cada paso suave que oía sobre las baldosas. Se escondió detrás del sillón, al momento en que vio la figura de Andrés que se acercaba a la puerta. Sintió que el corazón latía al ritmo más acelerado que jamás hubiese tenido en su vida, al momento en que oyó la llave que abría la cerradura. La puerta se abrió con un chirrido; contuvo todas sus intenciones de lanzar un grito y de abalanzarse sobre él para apuñarlo.

-         Beatriz, no te escondas. No hay motivo. No voy a hacerte nada. ¿Qué es lo que te hace pensar que quiero hacerte algo? No debes estar muy lejos y será fácil encontrarte. Ah, ya entiendo, quieres jugar a las escondidas. ¡Qué entretenido! Pero te voy a encontrar, porque conozco este lugar mejor que nadie, no por nada llevo viviendo varios meses. Cuando te encuentre, me vas a tener que dar un beso, esa va a ser tu penitencia. ¿Entendido? –se quedó en silencio esperando su respuesta, mientras avanzaba hacia uno de los sillones- ¿Entendido? Claro, eres inteligente y no me vas a responder porque eso me daría buenas pistas de dónde estás. Pero sé que debes estar por aquí.

Beatriz escuchaba los pasos que se le iban acercando cada vez más mientras contenía la respiración. Era evidente que no iba a poder permanecer ahí todo el tiempo ya que, en algún momento, iba a ser encontrada: el lugar no era lo suficientemente grande como para poder pasar desapercibida. Empuñó el cuchillo. Vio los calcetines blancos de Andrés, mientras avanzaba por el resto del salón buscándola. Le pareció extraño ver que no traía nada consigo, sin embargo, su imagen inocente le daba desconfianza. Nunca confiaba demasiado de una persona que aparecía tan indefensa.

-         Beatriz. Ya sé dónde estás –mintió Andrés, para ver si ella salía-. No sigas escondiéndote, si ya te vi.

Andrés se fue acercando hasta el sillón, momentos en que la muchacha sintió que era el momento de defenderse. Cerró los ojos y tragó todo el aire que pudo –ese aire que le hacía falta por haber estado tanto rato respirando el mínimo para no ser descubierta- y miró el cuchillo que aún tenía un poco de sangre.

-         Aquí estoy, Andrés.
-         Hasta que te decidiste a hablar. Ya sabía que no ibas a aguantar mucho rato.
-         Claro que no he aguantado lo suficiente. Pero tú aún no me has encontrado.
-         Allá voy, allá voy –reía.

Cuando vio los pies que se acercaban hasta ella, sin mirar hacia delante, lanzó una puñalada al aire, que fue acompañada por un grito de su víctima. Miró nuevamente y vio que el calcetín blanco se había manchado de sangre. Se levantó rápidamente para ver a Andrés: arrojado sobre el sillón, observaba su pantalón roto y la mancha carmesí que afloraba desde su piel.

-         ¿Qué te pasa? –preguntó.

Sin embargo, antes de que pudiese dar un paso hacia él, Andrés se puso de pie y se abalanzó sobre ella para inmovilizarla. Beatriz, que mantenía el cuchillo en su poder, no escatimó en clavarlo nuevamente sobre su enemigo que, esta vez, recibió una estocada en el costado derecho. Fue tal el forcejeo entre ambos durante la lucha que, luego del ataque, terminó con ella en el suelo y con él arrojado sobre la mesa de vidrio que se rompía al instante en que el cuerpo caía. Sobre las baldosas y con el cuchillo aún en sus manos, fuertemente apretado, Beatriz apuñaló nuevamente a Andrés, produciéndole una herida el tobillo que le impediría moverse por un buen tiempo.

domingo, 15 de mayo de 2011

11. Olor a muerte.


Beatriz se había sentado en el sofá, esperando el vaso de jugo que traía Andrés para calmar un poco las tensiones. El jugo tenía un sabor extraño, situación por la cual el dueño de casa se disculpó, ya que se le había quedado abierto antes de salir y, probablemente, eso habría afectado en su composición. Ninguno de los dos era capaz de articular una sola palabra –a excepción de la explicación del mal sabor del jugo-, buscando excusas para correr la mirada cada vez que, por casualidad, coincidían en algún punto inexacto de la existencia. Todo estaba tan silencioso como si el salón estuviese vacío. Andrés, mecánicamente, tomó una escoba y comenzó a barrer las baldosas, ante la mirada enajenada de su acompañante, que seguía en silencio, con la mirada fija en el vaso de jugo.

Acaso este vaso de jugo tendrá algo, no me lo creo. Es solo paranoia, es solo el susto. ¿Acaso es real lo que he visto a la entrada? ¿He sentido presencias al interior de este piso? ¿No es parte de la locura de haber bebido un café con un tipo que, de por sí, ya se ve bastante extraño? El jugo tiene algo extraño, insisto. Pero, ¿cómo puedo explicar eso que se ha aparecido en los cristales? ¿Cómo explicar la sensación de persecución, la sangre, los cuerpos moribundos, los cadáveres con vida? Albacete está convertido en un mundo extraño desde que he conocido a este individuo. Lo mejor sería que me fuera de este lugar cuanto antes e hiciese como si jamás lo hubiese conocido. Sí, parece que esa es la mejor opción. Acabaré esto y me iré para no regresar más, para pasar a ser una persona más en la calle, alguien con quien comparte estudios y nada más. Yo debo desaparecer de aquí. Este lugar huele extraño, huele como a… no, es imposible, no podría ser, no está tan loco, pero sí que huele como a encierro. Sí, es eso, a humedad, a podredumbre. Algo se está pudriendo en algún lugar. Debo irme cuánto antes. El jugo sabe muy mal, ¿por qué? ¿Acaso los componentes no son de tanta calidad como dice en la etiqueta? El jugo está delicioso, es lo mejor que he probado en mi vida. Creo que podría… quedarme un rato más. Después de todo, Andrés ha sido muy amable, un gran amigo. Debiese quedarme aquí. ¡Pero qué buen zumo! Que aroma a podredumbre, pero limpio. Sí, todo reluciente.

Andrés se sentó en el suelo y lanzó la escoba contra las paredes. Abrió la ventana y se quedó observando la bandera griega que había en el edificio de al lado. Recordaba la vez en que había visto la primera gran tormenta eléctrica en Albacete, aquella que le parecía el fin del mundo. Aunque luego descubriría que el sonido de la lluvia es el mismo en todas partes, aunque la magia sí que depende de la perspectiva. Observó a Beatriz que permanecía sentada en el sillón, con el vaso en la mano: era una mujer tan bella, tan atractiva y que, al fin, había conseguido traer hasta su departamento. Solo quedaba convencerla.

-         ¿Beatriz? ¿Lo has pasado bien conmigo?
-         ¡Vaya, qué te sucede, tío! Si hasta has cambiado tu acento.
-         No sé, son cosas del momento.
-         Estás bien loco, Andrés. Todo lo que te rodea, lo que te sucede. Tu vida. ¿Cómo puedo saber que eres de confianza?
-         Bien, estamos entrando en el terreno del interés.
-         No entiendo a lo que te refieres –Beatriz comenzó a incomodarse.
-         No importa, no importa.

Beatriz sintió que se mareaba de pronto. Al momento de ponerse de pie, notó que no podía, que todo se estaba moviendo. El vaso se le cayó de las manos y se quebró en el suelo, ante su rostro pálido y nauseabundo que observaba a todos lados con desconcierto. Andrés, mecánicamente, tomó la escoba y recogió los restos del vaso que habían quedado sobre las baldosas, sin decir nada más. Las ventanas estaban abiertas al momento en que Beatriz caía sobre el sillón, sudando frío y tiritando.

-         Ya habrás notado que mi interés por ti es mucho más allá de la amistad. ¿Verdad, Beatriz?
-         Andrés, estás confundiendo las cosas. Quiero irme de aquí.
-         ¿En ese estado? Estás loca, espera a que se te pase un poco. Mientras tanto, escúchame.
-         ¡No! Tu voz me produce aún más dolor de cabeza. Cuando me vaya de aquí, no volveré nunca más. ¿Entiendes? Nunca más.
-         Claro, eso si es que puedes salir de aquí.

Andrés avanzó en dirección hacia la cocina, dejando a Beatriz en el sillón, retorciéndose de dolor. Este tipo está loco, me quiere matar. Le ha puesto algo a mi zumo, es seguro. Es evidente. Me siento fatal, no entiendo cómo pudo llegar a hacer esto y como no he notado sus intenciones. Desde un principio que me he percatado de su locura, pero no he pensado que era cierto. ¡Fatal error! La puerta del salón quedó cerrada mientras caminaba hasta la cocina y guardaba la caja de jugo en el interior del refrigerador. Cerró con tapa el frasco con pastillas blancas y lo guardó en la despensa: aquí no ha pasado nada. Regresó hasta su habitación por el pasillo, observando, desde la puerta, a su visita: estaba en el mismo lugar, en silencio, aunque bastante inquieta. Era extraño cómo había logrado su objetivo de traerla hasta su departamento.

-         ¿Beatriz? ¿Estás bien?
-         ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué estoy aquí?
-         Tranquila, tranquila. Te has quedado dormida en el sillón, está todo bien. ¿Quieres tomar algo?
-         No, no. Estoy bien. Solo quiero irme a casa.
-         ¿Por qué quieres irte?
-         ¿Acaso me estoy volviendo loca?
-         Cómo lo voy a saber si no me dices lo que te está pasando.
-         Ah… entonces… solo fue un sueño. ¡Joder! No entiendo nada.

Beatriz se puso de pie y sus zapatos pisaron un objeto que le pareció extraño. Agachó la mirada y se quedó en silencio, a la espera de que Andrés fuese hacia otro lugar. Le sonrió durante todo ese instante, suponiendo que no pasaba nada, pero sin moverse de su lugar. Estaba tensa y fría como una piedra. Un extraño ruido provenía desde una de las habitaciones.

-         ¿Qué ha sido eso? –preguntó asustada, advirtiendo, inmediatamente, que era el momento para librarse del dueño de casa por un momento.
-         Tú quédate aquí, ¿ok? Yo iré a ver.

El aire gélido inundó las paredes que, por un momento, parecieron llenarse de hielo. Beatriz se dio cuenta de que salía vapor de su respiración y que el cambio de temperatura había sido considerable: ya era primavera en Albacete, época de temperaturas muy superiores al hielo. Bajo su zapato se encontraba el mango de un cuchillo, cuyo filo se encontraba bajo el sillón. Miró a todos lados para asegurarse de que Andrés no venía y luego se agachó para retirarlo de ese lugar.

Andrés avanzó lentamente por el pasillo en dirección a la habitación desde la cual venía el ruido. Observó que su propio dormitorio estaba completamente desordenado: el escritorio en medio todo, las frazadas enrolladas contra la pared, la almohada deshecha, sus zapatos arrojados por todos lados y la ropa derramada en el suelo. Sus apuntes estaban todos rasgados y arrugados: la ventana entreabierta daba paso a una brisa fría que mantenía en el aire algunos de sus objetos. Ingresó rápidamente para cerrar la ventana, al momento en que la puerta de su habitación se cerró. Sintió una fuerte punzada en el costado que le produjo sobresalto. Los latidos del corazón se le aceleraron al momento en que vio que la ventana se empañaba. Su polera estaba rasgada producto de la punzada, sin embargo, no tenía ninguna herida sobre la piel. Tropezó contra los objetos que estaban dispersos sobre las baldosas, mientras se dirigía hasta la puerta. En un abrir y cerrar de ojos, el escritorio le impedía salir. Asustado, miró a todos lados y corrió hacia el cajón de su escritorio: el cuchillo no estaba en su lugar.

-         ¿Qué coño hace esto aquí?

No era tan simple quitarlo de su lugar: parecía haber estado en ese lugar por algún tiempo y, producto del peso del sofá, parecía estar perfectamente acomodado. Luego de tirar por algún instante, Beatriz logró sacar el cuchillo y tomarlo en sus manos. Lo soltó, asustada, al ver que estaba ensangrentado. Solo entonces se percató de que el sofá, en su parte baja, tenía manchas de sangre.

-         Fuiste tú, Jaime.
-         Deja de culpar al resto de tus propios errores.
-         ¡Fuiste tú!
-         No.
-         ¡Déjame salir de aquí!
-         ¿Para qué? ¿Para que tus arrebatos ataquen a otra persona y que, luego, te ampares en que fue solo un momento de descontrol?
-         Tú deberías estar de mi parte.

Jaime apareció delante de Andrés. Su cuerpo ensangrentado y herido aun expelía el mismo olor a muerte con el que se había encontrado al momento de su regreso a casa, luego de esa fiesta. Andrés, al verlo, sintió que recordaba esa vez en que había subido caminando por Almirante Montt, en dirección hasta su casa, sin pensar que iba a encontrarse con un espectáculo como ese. Aunque sí recordaba, y le pesaba bastante, el hecho de haber salido sin haber tenido el momento para conversar con él y disculparse por la última discusión.

-         Andrés, córtala con la lesera. Ya te dije que no.
-         Lo único que haces es pensar en ti. Eres un egoísta de mierda.
-         Ya te dije que no lo he podido pensar. Estoy lleno de cosas importantes, tengo que elegir qué cresta voy a estudiar y tú no me ayudas en nada. El egoísta eres tú. Y, más encima, interesado. Lo único que quieres es la plata. ¡Quédate con tu mierda de plata! No me importa.
-         Así no vas a solucionar las cosas.
-         Ándate. Tengo otras cosas que hacer.
-         ¡Tú no me vienes a hablar así!

Andrés se acercó rápidamente hasta su hermano y lo golpeó, violentamente, contra la pared. El golpe hizo estremecer la habitación por completo. Jaime lo miró a los ojos, con temor, y en esa mirada sintió una extraña sensación de culpa. Sin embargo, lo empujó nuevamente, con más fuerza aún.

-         ¿Qué? ¿Ahora me vas a matar?
-         Eres un pendejo de mierda.

Se apartó de su hermano y se retiró del lugar, golpeando la pared con su puño. Se alejó por el pasillo, enojado, pero luego se detuvo. No debía de haber golpeado a su hermano: nunca antes una discusión había llegado a los puños por parte de ninguno. Rápidamente, se quitó el calzado y caminó en calcetines para que Jaime no lo escuchara caminar de regreso hasta su habitación. Se acercó hasta la puerta y observó en silencio: su hermano estaba en el suelo, llorando. En su espalda, tenía la marca del golpe que se había dado en la pared: sangraba. Se alejó, rápidamente, arrepentido de todo lo que había hecho. Jaime se sentó en el escritorio, dando la espalda a la puerta. Normalmente, su escritorio estaba en otra posición, pero su hermano la había cambiado al momento de ordenar la casa. Estaba tan apenado por la discusión que ya no tenía ánimos de cambiar nada.

-         Eres un pendejo de mierda, Jaime.

La imagen de su hermano se fue desvaneciendo lentamente, en la medida que la habitación de iba inundando, cada vez más, del aire gélido que congelaba hasta las paredes. Andrés seguía en el suelo, intentando librarse de todo el desorden de objetos derramados por toda la habitación.