Abrir los ojos una y otra vez, con la intención de que el sueño no acabe y de que pueda volver a renacer, quizás. Tener la dificultad de despegar los párpados y querer seguir durmiendo abrazado a un presente sonriente y a una mirada que te escudriña en la oscuridad.
Quiero una noche de caminatas entre la bruma del amanecer, trasnochados y muertos de frío... tal vez, un poco bebidos. Quiero sentarme en la acera a contemplar el bailoteo extraño de las estrellas que no duermen, que se esconden tras las nubes que de pronto aparentan una tormenta de lluvia ficticia que al día siguiente será el sol de 20º que me hará correr a la sombra. Sï, quedarme abrazado a la sombra misma de lo etéreo, de lo abstracto, de ese ideal que no existe y que llamo a cada noche mientras duermo... o cuando no puedo dormir. Simplemente, sentado entre edificios, perdido entre pensamientos hastiados de soledades que ya no quiero más. Sí, soledades que olvido, pero que vuelven a pasearse desnudas frente a mi puerta tentándome al placer de ese cuerpo volátil que luego desaparecerá tan fácil como se ha entregado para legarme ese sentimiento de vacío que me inunda cada vez que tengo ese deseo.
Quiero una tarde perdida entre las voces inaudibles que no entiendo, que me hablan distintos idiomas; de palabras que no quiero escuchar. Quiero ese cielo, ¡sí, ese cielo majestuoso de tormentas grises que reflejan la inestabilidad emocional del mundo, la violencia de lo efímero y la apariencia misma de una irrealidad constante! Y creer que acaso algo de los sueños puede ser real, creer en esa irrealidad concretizada en un verbo en presente. Quiero un mundo de sorpresas; romper esa ventana y saltar al aire nuevo de mañanas de frío y nieve. Romper cada vidrio y escalar por esos muros, escalar por esas historias. Quiero formar parte de una historia.
Quiero regalar un silencio mientras la música suena e internet se demora en cargar. Quiero regalar un silencio mientras mi mente da vueltas en los deseos de ese futuro tan bello que se pinta con colores de esperanza y palabras inventadas en un segundo primarios de infinitas azulidades como los relojes que danzarinamente cantan pantalleos de luces alucinadas. No sé dónde voy, ni doy voy a llegar; no sé si acaso quiero terminar, porque todo es un eterno comienzo que parece nunca empezar.
Te regalaría tantas cosas; una palabra, un beso, un abrazo, una mirada y mil silencios. Quiero regalarte la magia de tu nombre, ese secreto de tu mirada y ese color verdoso austral de esos misterios de un río que lleva tu historia. Te quiero regalar algo, te quiero regalar un verso. Aunque sea algo poco, aunque sea algo que parezca no tener sentido. De momento, te regalo un conjunto de mis palabras, sólo para ti.
*Dedicado, a una dama de bellos ojos. Tú sabrás darte cuenta :)
Invocaré a la lluvia por la noche cuando duerma, cuando en mis pensamientos vuelen los sentimientos de silencios, vuelen los pensamientos que me recuerden a esa mujer que me roba las miradas de pronto y que se pasea en mis sueños desde que recuerdo. Dormiré pensando en esa mano que me acaricia el rostro cuando estoy triste, cuando necesito mirar a alguien y que me diga lo que me pasa, cuando necesito el consejo que sólo ella me sabe dar. Sï, la voz de mi silencio, la voz de aquella mujer que camina por mis sueños y que a veces se pasea, incluso, frente a mí, cuando tengo los ojos cerrados y puedo sentir sus palabras como murmullos en mis oídos. Sí, ella me habla.
Cuando cae la lluvia, cuando hay silencio o cuando es noche: ella me habla. Cerraré los ojos a la espera de su palabra, de su silencio, de su beso.
Dije que me había olvidado de ti y no lo niego. Dije demasiadas cosas y a veces hasta no me acuerdo. Sí, muchos pensamientos plasmados en unos cuantos versos que a veces no son ni versos. Un montón de sentimientos que se codifican en palabras que a veces no logran trascender su real sentido. Sentirse así no es morir de amor, sino que parece estar en un trance o en algo parecido al limbo: ni en el cielo ni en el infierno y tampoco en el purgatorio, porque tampoco se trata de estar pagando por una culpa. No, no tengo nada de qué sentirme culpable, nada que haya hecho daño al mundo... ¿o sí?
Mientras se acumulan historias, cuentos y demases en mi escritorio, pienso en lo que he dicho y no lo niego. No, no voy a decir que no dije que me había olvidado de ti porque sí lo dije, está escrito y rayado con plumones en muchas puertas para que todo aquel que entre las lea, para que todo aquel que se libere de sus penas se entere. Sí, fue lo que escribí.
Ahora el problema es que no sé si fui yo quién lo dijo o si lo fue el hablante netamente verbal de mis palabras. A veces somos el mismo, pero no sé si también lo fue en esta ocasión. Dime tú, si lo dijo él o lo dije yo.
Es chistoso ver cómo se te pasa la vida sentado frente a un espejo, mirándote las líneas del tiempo y de las expresiones que has hecho y que no siempre han sido las más agradables, no siempre han sido las que querías. Se pasa la vida y no sabes cuánto más va a durar o si acaso llegará eso que estabas esperando. Se pasa la vida y sientes como si lo único que hubieses hecho es mirarte al espejo, cuando en realidad fue lo que nunca hiciste: cuando en realidad nunca sabías cuál era tu imagen y probablemente ahí radicara gran parte de los problemas. Porque, aunque cueste reconocerlo, casi todas las cosas entran por la vista y muchos hemos salido perjudicados por las bondades de Dios.
Estaba sentado frente a la ventana, mirando mi reflejo en el vidrio, cuando en realidad quería perderme en el horizonte que se dibujaba en la montaña. Correr y ser libre en aquel limpio aire de montaña, el aire de la nieve y el frío invernal que te congela hasta los huesos, donde al fin puedes dejar que tu alma sea libre. Quiero correr hacia ese paraíso prometido, quiero encontrarme con esos seres celestiales que se me han prometido en sueños. Pero, por sobre todo, quiero encontrarme con un ser: con el ser especial, con ese ser femenino que viene a cantarme todas las noches mientras duermo. Sí, quiero que me revele su nombre, que me abrace, que me acaricie.
Sigo sentado frente a la ventana, mirando los astros: puede que vea alguna estrella fugaz, puede que le pida que me cumpla el deseo. Sólo queda seguir esperando sentado, frente al espejo.
Son los susurros de tus palabras los que no se me olvidan al dormir y me hacen tener tan dulces sueños en los cuales me acompañas a caminar por el mundo, en los cuales eres lo que me falta y me guías a esos paisajes oníricos que tantas veces te he escrito: me haces sentir que lo que escribo tiene atisbos de realidad.
Me haces sentir vivo cuando estoy muerto, me haces querer la muerte cuando no te tengo, me haces escribir sin pensar y me curas de mis heridas en el momento preciso. Pero no sé lo que tú piensas en realidad.
Eres música para mis oídos, una gran película ante mis ojos, un cuadro perfecto y sonoro, una metáfora nueva y perfecta, tan deliciosa como el sonido de tu nombre. ¿Quién eres en realidad?
A veces sé que pasa a mi lado tu sombra, a veces sé que lo sueños se pueden cumplir. Pero a veces no se si eres quien creo en realidad, ¿eres real?
Tal vez sólo otro de mis sueños, otro de mis versos, otro de mis llantos. Tal vez eres otra de mis ilusiones, otra de mis ensoñaciones, otro de mis mejores deseos, otra de las veces en que mi mirada no quiere dejar de seguir la tuya.
Los respiros de mi alma se oyen en el aire según he señalado de antemano y alguna vez alguien ha tomado en cuenta, que ha escuchado y adoptado para sí como forma de ver esa inherente intertextualidad de las palabras que ayudan a forman un concepto y entregar un sentido. Sí, mi alma corre loca y descuidada hacia caminos que nunca pensó conocer, corre hacia un destino incierto que no sabe si logrará obtener y teme por todos los sueños que la hacen despertar cada mañana para continuar respirando la paz de un mundo sereno lleno de colores y vida.
¿Hacia dónde va el forastero que camina perdido entre sus ideas e inquietudes? ¿Hacia dónde camina el amigo que se aventura en un bosque oculto a la espera de encontrar su camino? No lo sabe, pero cree que entre todos los matorrales encontrará una luz hacia la cual huir. Mi alma canta canciones de cuna por las noches y escribe historias secretas durante sus sueños; mi alma le canta a su musa de carne y hueso de cuya sonrisa despierta un onírico beso.
No me des la razón, te lo digo por tu propia seguridad. No mes des la razón aunque tengas la más absoluta certeza de que la tengo, no lo hagas por tu propio bien o tendrás que asumir las consecuencias de haberme dado ese poder incontrolable que ahora me hace acreedor del mundo y de mil verdades escondidas que antes sólo eran fruto de mi observación y mi molesta; de mi mala experiencia y de la tristeza que en algún momento me hizo ver el mundo gris. Puede que de un momento a otro me sienta un Dios capaz de modificar el camino y las especies; un Dios al que muchos querrían adorar y apoderarse del verdadero culto para apoderarse de todas tus acciones y ponerlas en su propia favor, olvidándose de su motivo inicial. Todo esto podría suceder si de un momento a otro me dices que sí, que sí tengo la razón y de que mi forma era la mejor; que pese a que era cierta, nadie más la había podido ver y ahora que tú también la sabes, me dices que en realidad era un vidente. Ten cuidado, si me otorgas el poder de la verdad puede ser tan nefasto que el mundo puede comenzar a girar en dirección contraria.
No, no me des la razón aunque yo te lo diga una y otra vez, aunque sepas que lo que te digo es verdad, aunque mi vaticinio sea 100% certero y de que lo que diga se cumpla. Dime, tal vez, que sólo fue una coincidencia y de que mi estoy volviendo un demente, de que lo que digo son sólo estupideces de un ser corroído por las deseos que le arrebataron cuando quiso ayudar a una humanidad que no piensa más que en sí misma y que difícilmente pensaría en ayudarme de vuelta. Dime que es sólo una forma de ver el mundo y que puede que me esté equivocando. Aunque sé y sabes que lo que digo es verdad, aunque también has comprobado que lo que yo decía era cierto.
No mes des la razón, no me des el poder de tener la verdad, no me des el poder de ser un pseudo Dios automático con forma humana, no me des del poder de decir que sabía lo que iba a pasar. Dime que fue sólo coincidencia: no me des el poder de saber que lo que ya pensaba era una realidad porque, pese a saberlo desde siempre, no pude intervenir para que eso no ocurriese más.
Ya no sé cómo mirarte. Ya no sé qué hablarte. Ya no sé cómo acercarme y temo que esta distancia tan tortuosa se transforme en ese eterno silencio de verte pasar a mi lado sin siquiera referirnos un protocolar saludo. Ya no sé qué es lo que me está pasando: a veces siento que la flor que regaba día a día se está ahogando por el excesivo cuidado y pronto me dejará solo otro vez, haciéndome perder otra vez el sentido y haciéndome divagar sin saber hacia dónde voy a llegar. ¿Sabes tú cómo voy a acabar?
Todos los días hay aunque sea un instante en que tu recuerdo viene a mi mente y no puedo contener la tristeza de no poder tenerte a mi lado como en mis sueños. Claro, los sueños, los sueños de la humanidad que los hacen creer que el futuro vendrá con una sonrisa. A veces les creo, a veces ya no. A veces me escudaba en esas ilusiones que nacían cada noche cuando te besaba en los sueños, cuando te besaba en mis líneas, cuando te besaba y a veces sentía tus labios que se acercaban a los míos. Sí, todo era un sueño del que me costaba despertar, del que despertaba escondiendo las lágrima al darme cuenta de la realidad. Por instantes he vuelto a creer en la idea de que la vida es un absurdo continuo que no tiene fin, ¿hasta dónde vamos a llegar?
Pretendo tener una imagen tan fría como la tuya cuando me acerco, pero no puedo. Pretendo sonreírle al viento pensando en que todo esto va a mejorar algún día, pero ya no puedo soportarlo más. Pretendo creer que llegará ese anhelado momento, sí, en que tú sonreirás y nuestras miradas van a coincidir tan alegremente, pero te has encargado de hacer que cada una de mis bellas ilusiones se destruya como cuando un vidrio se rompe por un golpe. Mis ilusiones se están destruyendo en el suelo y las veo caer a mis pies: aún puedo ver mi semblante sombrío que se refleja en ellas, pero ¿puedo acaso resucitarlas una y otra vez? Creo que sí, es eso lo que quiero y me cuesta renunciar a esa llama que por tantas noches me hizo soñar.
Ya no sé cómo voy a mirarte cuando te vea mañana. Ya no sé cómo voy a hablarte cuando pases a mi lado corriente para evitarme. Ya no sé cómo voy a quedarme en silencio cuando acaso te acerques de casualidad. Ya no sé si es que seré yo quien saldrá corriendo para evitar toparme con tu rostro y tu sonrisa para hacer que la ilusión acabe de destruirse en el suelo, para ser yo mismo el que la pise y deje manchado de sangre el suelo. Ya no sé cómo va a ser el final…
Tengo miedo de que todo se vuelva a transformar en silencio, como ese que rodeaba mi vida de una manera tremenda e interminable cuando luchaba por encontrar ese sonido que le diera ritmo a los latidos del corazón. ¿Qué es lo que está pasando? ¿La luz se apaga antes de encenderse de verdad? No sé qué es lo que estaba pasando por mi mente en esos momentos de soledad, no sé por qué siento que te vi y desde ese entonces he soñado contigo cada noche: te he tenido en mis recuerdos a cada momento, te he escrito miles de historias en que tú, princesa angelical, has sido la protagonista y heroína que me salva de los monstruos de mi inconsciencia. Tal vez será que ahora comienza a estar consciente de lo que realmente está ocurriendo y te veo a cada momento más distante: cada vez se me hace más difícil dirigirte una palabra o preguntarte cómo estás, cada vez se me hace más difícil pensar en acercarme para decírtelo todo de una buena vez. Tengo miedo de que todo se transforme, nuevamente, en ese silencio que más que acompañarme me asustaba, que me protegía en el interior de mis pesadillas y no me dejaba escapar para volver a ver la luz de un amanecer lleno de buena energía. Hay una llama que se encendió de pronto y no he podido controlar, no quiero que se apague, pero parece que el viento está soplando con fuerza. ¿Cómo puede apagarse una llama que aún no se ha encendido de verdad?
Y no te culpo, no. La culpa es mía. ¿Por qué has de tener la culpa, si todos tenemos la libertad de elegir hacia donde van nuestras miradas? No te culpo, ni tampoco te voy a culpar: soy el único culpable de cada una de las estupideces que he intentado hacer. No sé qué es lo que me va a deparar el futuro, pero espero verte feliz a ti algún día con todos tus sueños cumplidos: yo buscaré los míos y quiero creer que algún día también los encontraré. Sé que vas a ser grande y lo veo en tus ojos, lo veo en tu rostro dulce y angelical cuya alma adoro.
Pero, espera. No, aún no es el momento de decir adiós. ¿Acaso sientes que es lo que estoy diciendo? Afortunadamente, no. Aún tengo cuerda para rato. Aún tengo sueños por cumplir, aún tengo motivos para levantarme cada día por la mañana: aún sigues siendo tú aunque tal vez nunca te alcance. Pero no me voy a rendir, es necesario intentarlo una vez más hasta que esa llama alcance a encenderse con fuerza, ¿quién sabe si en algún momento lo podamos lograr?