jueves, 10 de marzo de 2011

Percepciones

Será que enloquecí, será que tengo miedo, será que estoy ansioso, será que estoy sensible. Es probable que por mi culpa en google aumente la cantidad de resultados de la palabra 'miedo' por sobre la de 'amor', según la propaganda de Coca Cola que, de hecho, me di el tiempo de comprobar y puedo dar fe de su veracidad. Definitivamente no promuevo el consumo de esta bebida de fantasía que genera adicción -a excepción de casos en que exista pisco o ron, en que se agradecería la presencia de este líquido-, más bien, promuevo el consumo de agua potable que, sin entender bien por qué, hace excelente para el desarrollo de todos los sistemas del cuerpo y te hace sentir bien. Supuestamente limpia el cutis, aspecto que no he visto en mi persona por el momento.

Será que ando alterado y nervioso y es por eso que empiezo a percibir demasiadas cosas. Soy capaz de percibir hasta el más mínimo movimiento de la sala 1-2 de la Casa Central de la PUCV así como también puedo ser capaz de percibir el fuerte aroma a mar que inunda la Avenida España durante estos días. Tomo la micro y me siento del lado de la ventana para perderme en la inmensidad del Pacífico que baña la bahía y pienso en que ya ha sucedido esto antes. Lo que no he vuelto a ver, pese a que está anunciado, es el enorme tamaño de la luna que se encuentra a la menor distancia desde la tierra en 19 años. No lo he notado, solo veo que a veces, por la noche, parecen aumentar las luces que escalan los cerros de Valparaíso y me hacen pensar que si continúo caminando por la calle Ferrari, puedo conquistar el Himalaya. Quizá sea por el solo hecho de que Valparaíso ya es, en sí mismo, un centro que atrae la magia de todo el mundo... y no tiene superación.

Siento el olor a mar que me hace llegar caminando hasta la Avenida Alemania, escapando de la realidad. Aunque, tal vez no sea un escape, sino que precisamente es un regreso a la realidad que por mucho tiempo me negué a que podría suceder. Sí, creo que al fin es eso, que la realidad me encontró a mí mismo y me hizo salir de esa extraña ensoñación errada en la cual había estado escondido. 

Y, en realidad, no sé si quiero entender.

Reflexiones

He escrito como loco, pero la locura es una sensación que me agrada bastante, debo confesar. Me agrada la escritura, es como una forma de escape y de desautomatización de la realidad, pese a que muchas veces sea automática. Precisamente el automatismo del mundo es lo que evita que uno se dedique a pensar y, a veces, es bastante sano no pensar. No sé si este sea el momento en que no deba pensar, porque son muchas las cosas que uno debe evaluar cuando ya comienza la recta final. Tal vez sea ese el motivo de tantas actualizaciones estos últimos días y que, con el avance del año, dichas publicaciones puedan disminuir su frecuencia. No importa, carpe diem.

Vengo saliendo de una clase en que la primera impresión del profesor fue la de alguien un poco fanático y un tanto histriónico. Era un poco inentendible, aunque no por ello menos respetable. Una clase que habla de los mitos y creencias en torno al concepto de 'famlia', así como su valor antropológico y no sé qué más. Ciertamente, me parece una temática un tanto compleja, sobre todo en los tiempos actuales en que cada vez es más común ver que esa unidad -piedra angular de la sociedad, como antiguamente se planteaba- comienza a desintegrarse en unidades más pequeñas, casi individuales, que generan tantos problemas. ¿Acaso será consecuenia del avance de la economía, la tecnología? ¿Es ese el progreso que se busca? Asimismo, planteo varios mitos respecto a la búsqueda del amor ideal, la media naranja y todo lo demás. Tenía razón en muchas cosas, pero a la vez me molestó un poco darme cuenta de que en nuestras vidas tenemos tantos mitos que nos hacen avanzar de forma errada en algunos casos. A veces es mejor vivir de fantasías que enfrentarse con la realidad... pero siempre, de una u otra forma, uno acaba despertando y enfrentándose con el mundo.

Me he dado cuenta de que cada vez, la gente está más insatisfecha de todo y posiblemente sea por esto mismo; por más que el ser humano busque cambios hacia mejor, no sé qué tan preparado esté para estas renovaciones que anhela casi de manera innata. Tampoco es posible seguir viviendo de mitos: hay que enfrentarse a la realidad. Entonces, no me sorprende que no entendamos nada.

...

¿Qué sucederá con todos los proyectos de vida y de existencia, algunos a mediano y otros a largo plazo? ¿Qué sucederá con todo lo que he visto y pensado durante mi vida? ¿Qué ocurrirá con las puestas de sol en el mar? ¿Qué ocurrirá con la lluvia que se convierte en hielo al caer?

¿Qué sucederá con el espejo que difumina las formas? ¿Qué pasará con las huellas plasmadas sobre el cemento aún fresco?

Fotografía: Población Puerto Marino en un atardecer de invierno, Quilpué.

miércoles, 9 de marzo de 2011

Un año de Londres.

Es verdad que estos días he escrito bastante y, como ya mencioné alguna vez, me estoy tomando bien en serio eso de que me encanta escribir. Estos días se han convertido en un torbellino de pensamientos y acciones que podrían catalogarme como próximo a la locura o cualquier insensatez, aunque creo estar aún lo suficientemente loco como para estar cuerdo. Y entre tanto trámite, reconocimiento de sala y de asignaturas, subir y bajar en ascensores y pensar en la "Didáctica del Show de MINEDUC", casi no tuve tiempo de sentarme a rememorar buenos tiempos de los cuales ya se cumple exactamente un año. 
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Claramente, miro con emoción esta fecha, pues hace un año ya recorría las calles de Londres y quedaba impresionada por toda su arquitectura y la belleza que solo pensaba que podría ver en fotografías. Un día 8 de marzo a las 6 de la mañana comenzaba mi vuelo rumbo al aeropuerto de Stansted, que me llevaría a una de las ciudades que soñé con recorrer. Se cumplía uno de mis más grandes sueños que, incluso, pudieron realizarse en otro idioma que yo también podía entender y hablar. Recuerdo el momento en que cruzábamos por primera vez el Tower Bridge, o cuando vi por primera vez el Parliament y entonces reaccioné ante lo que estaba sucediendo. 

¡Londres! Y me daban ganas de gritar mil veces 'I love London', pero habría parecido un poco ridículo ya que todos me habrían entendido y me habrían señalado como turista y no sé qué más. No obstante, amé cada recorrido, amé ese viaje que realicé por y para mí mismo, una experiencia que sentí que debía desarrollar en soledad, aunque en ningún momento me sentí solo, en lo más mínimo. Ese frío ambiente de marzo, el Big Ben marcando las oscuras 7 de la tarde al otro lado del Queen's Walk, el London Eye y la Trafalgar Square, Picadilly Circus, Abbey Road... para qué seguir mencionando lugares. Lo único que sé, es que cada parte de ese viaje me resulta una simpática efeméride que he de marcar en mi calendario vital. Creo que nunca lo olvidaré, esperando tener la suerte de volver a recorrer esos lugares tan cargados de historia.


Fotografía: Big Ben, Londres, Inglaterra.

Deuda Flotante.

¿Qué es lo primero que alguien podría imaginarse al escuchar la palabra 'flotante'? En lo personal, me imagino una bolsa gigante, tal vez un globo de color rojo que empieza a elevarse y elevarse hasta que se me pierde de vista en lo alto del cielo. Sí, esa es la imagen mental que evoca la palabra 'flotante' en relación a mi imaginación, algo que se eleva. Pues bien, ¿qué es lo que uno puede llegar a imaginarse cuando te dicen que el pago por tus servicios de honorarios -en una institución estatal de apariencia, recalco que solo de apariencia, respetable- es una 'deuda flotante'? Comienza una increíble divagación lingüística y psicológica respecto a este suceso, lo extraño que suena y aún más, lo engorroso que resulta ser en la práctica.

Mentalmente es como dibujar una bolsa negra y una ráfaga de viento como las que hay en Punta Arenas (de casi 140 km/h a veces) o esos 'ataques de viento' ante los cuales uno es víctima en el pasaje Melgarejo en Valparaíso. No sé, intento pensar y lo único que me viene a la cabeza es la canción de Katy Perry "Firework", esa que le criticaron por decir "¿Alguna vez te has sentido como una bolsa plástica flotando en el aire?" y que a una de las cantantes de Verónicas le pareciera tan estúpida. Pues por muy estúpido que parezca, puede que Katy Perry tenga razón. Floto en el aire, veo mi imagen dibujada entre las nubes y luego pienso en el cheque que debiese tener entre mis manos y que, claramente, luego me hará cantar como Buddy Richard, pero con algunas modificaciones: "el dinero se me va como el agua entre los dedos". O bien, para ser un poco más actuales, acudir a la propaganda de Unimarc: "no tengo dinero".

Y así es: una deuda flotante. Un pago que correspondía al 2010 (y que ahora me entero que, por haber firmado los últimos días de diciembre 2010, se asume como trabajo de ese año... qué genial que las instituciones públicas puedan aumentar los días del año, ya quisiera poder hacer lo mismo algunas veces) y que ahora, estando en 2011, requiere pedir más dinero para poder pagarlo, porque no se alcanzó a pagar. Claro, mi dinero es una deuda flotante y mi cheque es solo una nube. Al menos, flotará hasta antes que se acabe marzo... algo es algo.

Y esta historia que parece ser un chiste, es real. Basada en el circo MINEDUC cuya entrada es liberada. Un show que, definitivamente, no recomiendo.

martes, 8 de marzo de 2011

Nature

Why do I feel so empty?
Why do I feel so confused about everything?

What about these strange feelings, all the time waiting for something,
something that will break the reality. 
Something's strange or something wrong?

I feel I have power to change the world.
I feel I have the power to create an universe.
I feel I can destroy.
What should I do?

Sometimes I'm scared about nature.
don't you forget it's still alive.

Fotografía: Iquique, visto desde el Monumento al Marinero Desconocido.

"Tengo miedo, miedo, mucho miedo"

Hoy podría citar una y otra vez al personaje de 31 minutos, Juan Carlos Bodoque, especialmente en cuanto a una de sus frases: "Tengo miedo, miedo, mucho miedo". Y así es, tan simple como eso. Se me vino a la cabeza todo lo que va a suceder dentro de pronto y, consecuentemente, me vino un tremendo golpe al enfrentarme con la realidad que temía que llegara. Nunca me había pasado esto en que me cuestionara tanto si es que realmente estoy haciendo lo que debo; creo que es el primer año en toda mi carrera que me doy cuenta de que estoy próximo a titularme y entonces comenzará eso que llaman la 'vida real'. ¿Estaré preparado para ello? Claramente, este cuestionamiento resulta bastante inoportuno cuando ya cursas el 5to año de tu carrera y te queda tan poco para terminar: ya no queda otra que seguir y en eso no hay más dudas.

El miedo del día de hoy tiene que ver con una clase: Práctica Intermedia. El trabajo en sí, tener que planificar una clase, buscar colegio y enfrentarme con los alumnos es lo que no logra motivarme. Sí, está bien, es como que me estoy bloqueando antes de tiempo, pero hoy por hoy no me siento capaz de hacer muchas cosas. Se me está yendo la motivación 'a las pailas' y no sé cómo traerla de vuelta: lo único que quiero hacer es escribir. Sí, es la única certeza que tengo en este momento, aunque sea -en sí misma- bastante incierta. Ver el programa, a la profesora que decía miles de cosas por hacer (y que en más de alguna ocasión no se coordinaba respecto a qué iba primero, qué después y qué había olvidado) y estar en la situación de ver a tanta gente en una sala, avanzando hacia lo mismo, me produjo cierta sensación de pánico y ganas de salir corriendo.

Por el momento, solo puedo beber mucha agua y comer fruta para controlar la ansiedad. Acaso, también, un energizante y motivador mental. Hoy ya no tengo ganas de pensar en nada más relativo a la universidad, carrera ni proyecciones laborales. Lo mejor será perderme de este mundo por 2 horas y algo a través de "2001: Una odisea en el Espacio", quizá en la analogía de la odisea -a escala, más que evidentemente- en la cual están involucrados mis pensamientos.

lunes, 7 de marzo de 2011

Vuelta a clases 2011

Los pasillos del Gimpert estaban vacíos como pocas veces lo he visto, se oía el silencio en sus paredes, yo estaba ausente: este comienzo que podría parecer el de algún cuento, era algo que, efectivamente, estaba pensando al momento de ingresar a clases, a eso de las 10 de la mañana, dando inicio a un nuevo semestre académico en que el peso del tiempo se hace evidente en mi vida académica. El peso del tiempo se ve reflejado en el hecho de que me faltan tan solo 2 semestres (aparte del que me encuentro cursando) y aun no sé si es que, definitivamente, es esto lo que quiero hacer por el resto de mi vida. Lo único que tengo claro es que soy un soñador que muchas veces peca de no saber poner los pies en la tierra y, por lo tanto, es muy fácil que luego me sienta frustrado. No tengo idea qué voy a hacer luego de que egrese y reciba mi título, cuando llegue el momento en que deba llegar a una sala de clases y sonreír suponiendo que me encanta enseñar. Tengo miedo y lo reconozco.

Me sentí ausente todo el día y es lo más probable que se me haya notado en la cara. Me sentí solo, caminaba por los pasillos y la historia que se formó, alguna vez, entre esas paredes, parecía no presentarte ante mí. Vi nuevas historias, pero de las cuales yo ya no era un personaje siquiera secundario. Tal vez será que he recibido el sobre azul y no me he dado cuenta o no lo quiero asumir, que se está pasando mi tiempo, que tengo 22 años y aún no soy capaz de definir qué es lo que realmente quiero en la vida. A decir verdad sí sé lo que quiero, pero en este mundo actual es demasiado ilusorio pensar en arriesgarse con eso, no es nada confiable ni seguro y, obviamente, no se puede comer solo palabras. Sentí que me faltaba gente, pese a encontrarme con tantos compañeros de mi generación. Me sentí ausente, ¿qué es lo que pasa?

¿Qué es lo que falta?

domingo, 6 de marzo de 2011

1. Sentimiento de culpabilidad.


Cuando Andrés ingresó a su casa, ya era pasado las 6 de la mañana: la fiesta había sido increíble y, luego de pasarlo tan bien, le urgía descansar un poco para poder continuar con el resto de las actividades que tenía durante el resto del fin de semana.  El anterior bullicio de la calle Cumming ahora se convertía en el pasadizo de fantasmas dormidos y uno que otro borracho deambulando por las calles, a la espera de ser encontrado por alguna patrulla de carabineros que procedería a su detención. La calle Almirante Montt estaba silenciosa como de costumbre y no era una sorpresa que sus propios pasos hicieran eco en las paredes, simulando que alguien seguía sus huellas; en más de alguna ocasión se volteó para comprobarlo y sonrió al ver que solo era su imaginación. Pero no todas las veces había sido igual y, de alguna manera, seguía en su mente el espíritu de la duda respecto a la posibilidad de que alguien, efectivamente, estuviese siguiéndolo desde la Plaza Aníbal Pinto o quizá desde Bellavista.
           
            Ingresó silenciosamente y encontró toda la casa a oscuras. Había un olor extraño, como a humedad, que provenía desde el segundo piso. Cerró la puerta con cuidado y caminó lentamente por su casa para no despertar a su hermano, aunque era muy probable que Jaime continuase de fiesta en algún lugar. Era divertido pensar que con tan solo 17 años, su vida nocturna estuviese casi a la par con la de Andrés. Revisó su celular y vio que no había mensajes ni llamadas perdidas, por lo cual era probable que estuviese en su habitación. Quizá ese sería el motivo del olor a humedad: no sería la primera vez que encontraba los restos de una fiesta y uno que otro incidente en el baño. Fue a la cocina a tomar un poco de agua y encontró el refrigerador vacío: un punto más a la teoría de la fiesta. Se quedó un instante de pie, mirando a través del ventanal: las luces de Valparaíso comenzaban a apagarse en la medida que el sol iba iluminando los cerros.

            Encendió la luz y encontró algunas sillas en el suelo y los sillones desordenados. Había un plato con restos de maní y varios DVDs arrojados sobre la mesa: seguramente se habría quedado hasta muy tarde viendo televisión. Subió la escalera en dirección a su habitación, sintiendo un extraño escalofrío con el crujir de los peldaños de la antigua escalera de madera. Sintió pasos que provenían desde una de las habitaciones: su hermano debía de estar despierto. Todo estaba muy silencioso hasta que, de pronto, el sonido de Light my Fire le produjo un sobresalto.

-         Sí, llegué hace rato ya. No, no sentí nada. ¿Fue fuerte? ¿En serio? Voy a preguntarle a Jaime si es que lo sintió, pero yo no me di ni cuenta. Creo que venía caminando. Ya, que estés bien. Chau.

Guardó su celular en el bolsillo y se dirigió hasta su habitación para dejar su chaqueta. Caminó hacia el cuarto de su hermano, que estaba a dos piezas del suyo, y vio que en el suelo había marcas de barro. Golpeó suavemente la puerta.

-         Jaime, ya llegué. Oye, perdona por lo de ayer, sé que me puse un poco pesado, pero igual a veces te pones demasiado desagradable e igual me aburro de tener que ser el que limpia todo.

Jaime no respondió, pero la luz seguía encendida. Andrés decidió ingresar a apagar la luz de la habitación de su hermano ya que este siempre olvidaba hacerlo antes de quedarse dormido. Abrió la puerta lentamente para no despertarlo y para comprobar si, efectivamente dormía: muchas veces se quedaba callado cuando estaba molesto por alguna situación. La luz del velador estaba encendida y, a su lado, un enorme cuchillo continuaba manchando de gotas rojas el alfombrado. Andrés retrocedió asustado y sintió que le temblaban las piernas: apoyó la espalda en la pared y se dejó caer hasta quedar sentado sobre el suelo de madera, con una extraña sensación de no poder hablar. Jaime yacía en el suelo con los ojos abiertos y el cuerpo ensangrentado. Sus boxer blancos estaban teñidos de rojo, mientras una enorme mancha de sangre se extendía sobre la alfombra. También había rastros de sangre sobre la pared, por lo que suponía que la primera puñalada debía haber había sido en ese lugar.

La ventana estaba abierta y la brisa de la mañana le llegaba directamente sobre el cabello. Andrés ya no pudo contener el llanto: el cuerpo de su hermano estaba lleno de heridas que, al parecer, habían sido producidas por el cuchillo ensangrentado que parecía apuntar hacia el recién llegado. Su mente divagaba en imágenes extrañas, difusas y confusas que lo atormentaban. Era como si estuviese viendo el asesinato de su hermano: lo oía gritar a cada puñalada, pedir auxilio mientras le rompían la ropa y lo golpeaban contra la pared. Los asesinos no habían tenido piedad: le habían cortado los tobillos para que no pudiese correr y, de paso, le habían apuñalado varias veces las plantas del pie. Andrés sacó el celular de su bolsillo con las manos temblorosas y en un acto de locura que no entendía, empezó a ver las fotografías de la fiesta de la noche anterior. Le pesaba no haber llevado consigo a su hermano: revisó una fotografía que tenían juntos en el Lago Llanquihue, hacía  solo algunas semanas atrás. 


-         Andrés.
-         ¿Qué pasa?
-         ¿En qué tanto piensas?
-         No, en nada.
-         Dime, entonces, de qué te estaba hablando.
-         Lo siento, no lo recuerdo.
-         Concéntrate.

Estaba muy cerca de la ventana y se entretuvo mirando los copos de nieve que comenzaban a caer sobre el cemento. La clase acabó solo 5 minutos después y pudo salir rápidamente de la sala, en dirección al exterior. Guardó su carpeta y folios en su mochila y se acomodó la bufanda para luego salir al exterior. Sonrió al ver la nieve que alcanzaba unos 25 centímetros a la salida de la Facultad de Humanidades y la fuente de agua que estaba congelada. Era cerca del mediodía y el frío en el exterior era increíble. Sintió pasos que venían tras él: era Beatriz.

-         ¿Dónde vas tan apurado?
-         No me siento muy bien el día de hoy, no sé qué me pasa.
-         Has estado muy distraído últimamente. ¿Cuál es tu problema?
-         Créeme que si lo supiera, me preocuparía un poquito menos. ¿Te parece si caminamos? Voy por la Avenida de España.
-         Vale. Yo voy hacia la punta del Parque.

Las luces del enorme edificio del Corte Inglés parecían iluminar la neblina que se formaba mientras caían los copos de nieve sobre sus cabezas. Beatriz hablaba de la vida y de cosas de la universidad, mientras Andrés hacía como que la escuchaba y sonreía. Era una mujer muy atractiva con esos ojos verdes y ese cabello castaño que le caía sobre el abrigo negro se llenaba de nieve. Pero, definitivamente, lo que más le gustaba a Andrés era el acento español de esta muchacha que si bien era al que ya estaba acostumbrado a oír, en ella se manifestaba de una forma que le agradaba.

-         ¿Y de cuándo que has llegado acá a Albacete?
-         Llevo solo 2 semanas.
-         ¿Y por qué esta ciudad tan perdida en medio de la nada? –sonrió Beatriz.
-         Precisamente por eso, quiero estar en medio de la nada, ordenando mis pensamientos.
-         ¿Huyes de algo?
-         Hemos llegado a la Calle del Ángel, hasta aquí llego yo. Nos vemos mañana. Hasta luego.

Beatriz notó que su pregunta había sido un poco incómoda para Andrés, por lo cual prefirió hacer como que no había pasado nada. Andrés continuó su camino mientras los ojos se le llenaban de lágrimas. Lo mejor sería llegar a su departamento lo antes posible para tomar algo caliente y relajarse: en esos momentos sentía unas ganas enormes de lanzarse a la carretera o a la línea del tren. Ya le había dicho el médico que eran arrebatos que debía controlar. Sentía que lo echaba demasiado de menos y que el sentimiento de culpabilidad por lo sucedido le iba a pesar por el resto de su vida.

Cerró la puerta con llave ante la inevitable sensación de paranoia de la cual estaba siendo víctima. Era algo que no controlaba y ya sabía que era capaz de hacer cualquier cosa en esos momentos, por lo tanto, lo mejor era evitar acercarse a cualquier persona por la seguridad de todos. Se quitó el calzado y se arrojó descalzo sobre el sillón, con la calefacción a una temperatura agradable para relajarse. Bebió té y se quedó en silencio. La imagen de su hermano estaba colgada en la pared, atormentándolo. Se paró de golpe y la arrojó al suelo, golpeándola con el pie mientras el vidrio disperso le hería la planta.

-         ¡Por qué te moriste! ¡Tú no tenías que morir, Jaime!

Se dejó caer sobre la alfombra, llorando, con el té hirviendo sobre la mesa. No le importó la herida que se había hecho en el pie ni mucho menos que la alfombra comenzaba a ensuciarse. A su mente venían los recuerdos de aquellas tardes de antaño caminando por la bahía de Valparaíso y las largas conversaciones que tenía con su hermano. Recuerdos con los que intentaba levantarse el ánimo: momentos que ya no podrían volver. Y no se sentía capaz de volver a esos lugares que vieron toda esa historia que ahora lo atormentaba.

Fotografía: Valparaíso de noche, desde el Cerro Concepción. 

sábado, 5 de marzo de 2011

Una escena perfecta.

La aparición de un personaje de Backyardigans siendo "reparado" a la entrada (o salida, dependiendo del punto de vista) del Parque Metropolitano de Santiago refleja inexactitud y extrañamiento de los tiempos. Si se tiene en cuenta el transeúnte con apariencia de perdido ( a la derecha) y una botella de Crush a poco de estar alineado con el círculo. Despierta la pregunta: ¿Qué habría sucedido de estar todo perfectamente alineado?

O, mejor dicho, si la botella de bebida estuviese en el basurero y no apuntado hacia él.


Fotografía: Entrada al Parque Metropolitano, Santiago.