Te siento cerca como si estuviese aquí a mi lado, mirándome a los ojos como antaño. Te siento acá a mi lado como cuando aquellas noches de silencio te desnudabas y bañabas desnuda en el lago secreto que está tras el Montjüic, ese lugar que solo tú y yo conocemos, allí donde nadie más podría llegar sin ayuda de los astros. Recuerdo ese contacto con el agua fría, con el hielo, con la nieve, con tu cuerpo, con tus ideas locas de un mundo extraño que se movía de un lado a otro y del que, según tú, formabas parte. A veces me decías que eras una marciana escondida dentro de la Tierra y en varias ocasiones te creí, pero luego me daba cuenta de que los marcianos no éramos sino los dos: no podía haber otra excusa para todo lo que estaba sucediendo. Te encontré por ahí, sentada en el camino de la Rambla del mar, caminando en dirección al mar. Aunque intenté detenerte, creo que no me viste: por primera vez en mi vida, tuve miedo de pensar que podía ser yo el fantasma y no al revés, como siempre había pensado. Te hice señales de todo tipo, tantas que incluso algunas personas alrededor me miraron con cara de loco -definitivamente, yo no era un fantasma ya que otros me veían... o quizá lo era y ellos, también... no sé-, pero tú no te diste por enterada de nada. Seguías con la mirada fija, caminando en dirección al mar. Pensé tantas cosas, pero no supe qué hacer y decidí que debía seguirte para ver dónde te dirigías: te sentaste con los pies colgando hacia el agua, observando a la gente que caminaba alrededor. ¿Qué es lo que pensabas en esos momentos? ¿Qué es lo que querías hacer? Divagué durante un instante creyendo que podías estar pensando en mí. ¿Pensabas en mí?
Se revolcó entra la hierba, sobre la mancha de sangre que acababa de escribir en su mente. Reía a carcajadas intentando ponerse de pie de aquella resbalosa tinta de color rojo sobre la cual yacía: el líquido carmesía emanaba desde su propia piel agrietada por una herida en su espalda, una herida que no cicatrizaba y que no parecía dejar de sangrar. Pero no moría. Seguía tan vivo y enérgico como siempre, exacerbando sus sentidos. Todo en su cabeza era un completa desorden que le producía alegría. Cuando al fin pudo ponerse de pie, se encontró con el valle teñido de cenizas: el verdor de antaño estaba cubierto de gris. Se levantó y caminó sorprendido de lo que acababa de ver: sus pisadas quedaban marcadas en varios centímetros de profundidad mientras avanzaba en dirección a la casa en medio del valle de trigos. Todo estaba quemado: los viejos tiempos de la juventud quedaban atrás, todo había desaparecido luego del fin del mundo: la civilización humana, al parecer, había alcanzado ese límite y ahora lo convertía en un cúmulo de los desperdicios de sus grandes ciudades contaminadas de mala energía. Se cubrió la boca y la nariz: el aire era irrespirable. Llegó a tientas hasta la pequeña vivienda escondida bajo las rocas que habían rodado luego del gran terremoto que había causado grandes grietas en el camino; cada vez era mas difícil acceder hasta ese lugar, dar un salto o cruzar los ríos de lava que contaminaban aún más la atmósfera. Todo era tenebroso, nuboso: el cataclismo había cobrado la vida de su pasado y de sus recuerdos. Abrió la puerta y vio que todo estaba en orden: ella jamás había muerto porque nunca había estado allí.
No. Eso no podía ser. Eso no podía estar ocurriendo y se lo negaba una y otra vez. No, no y no. Eso iba a ser diferente. Ella no estaba muerta y el valle no había sido destruido. Todo volvería a ser perfecto como él lo había planeado. Cerró los ojos y cuando los abrió: estaba tendido sobre la arena. El mar Mediterráneo llegaba hasta la orilla de aquella playa perdida en medio de la nada, desde la cual era posible divisar las luces de Barcelona que estaba a pocos kilómetros de ahí. Corrió hasta donde estaba sus cosas y caminó en dirección a la calle: los grandes edificios iluminados en medio de la noche alumbraban la soledad de ese camino que había recorrido tantas veces en silencio, dibujándola, soñándola, escribiendo cuál sería la historia de aquella misteriosa mujer. Corrió por el pavimento humedecido por la lluvia de hacía un instante: la Rambla del Mar debía estar cerca. Vio los fantasmas que caminaban enloquecidos hacia algún lugar: sus rostros reflexivos daban cuenta del estado de confusión interior que se reflejaba en el color inestable de su aura, su energía no era la mejor y en más de alguna ocasión debía de espantarlos para que no se acercaran a intentar robarle un poco de la suya propia. Eran como parásitos que se pegaban al cuerpo y respiraban de su aliento para intentar sacar algo de provecho, pero eran tan volátiles que un solo pensamiento era suficiente para hacerlos disiparse en la niebla. Allá a los lejos divisó el Monumento a Colón.
La vio caminando como un turista más que tomaba fotos por doquier, sonriendo, buscando a alguien entre las personas que recorrían aquel lugar. Corrió hacia ella, luchando por no perderla de vista entre el gentío que parecía aglomerarse justo para impedir el encuentro. Ella miraba en todas direcciones, buscándolo, quizás. Caminaba en dirección al mar. Se introdujo dentro del tumulto y haciendo grandes malabares llegó hasta su espalda. Se detuvo frente a ella, exhausto luego del trote y se acercó a ella por la espalda.
- ¿Por qué tardaste tanto?
- Porque debí buscarte por todos lados.
- ¿Dónde?
- Creo que hasta en la Luna.
- ¿Seguro? -rió, manteniendo su mirada fija en el mar.
- Probablemente. He estado en tantos lugares que ya no sé ni dónde estoy.
- ¿Has traído las flores que quería?
- Lavandas frescas y aromáticas como siempre quisiste y las velas de colores, ya pronto las verás.
La muchacha se dio vuelta y sus miradas se encontraron: la Rambla del Mar, estaba en silencio para ellos. Barcelona se detenía por un instante.
Fotografía: La Rambla del Mar, Barcelona, Catalunya, España.


2 comentarios:
Un placer para mí leerte, muy bello.
Un besazo
Diamante de Sangre
(Antes Pitusa)
ese lugar tiene algo
Publicar un comentario