martes 10 de enero de 2012

XIII. Todo ha sido perfecto.

Retrocedió asustado y giró la cabeza para no volver a ver lo que acababa de ver. Seguro sería el cansancio: hacía varios días que no lograba conciliar el sueño. Salía de una locura para ingresar a otra cada vez más inentendible y eso ya le estaba produciendo estragos. Lo único que quería era volverla a ver, pero las cosas se tornaban más y más difíciles. Respiró profundo y se atrevió nuevamente a ingresar a la habitación en donde ella yacía, con los ojos cerrados y una sonrisa en su boca, con ese rostro tan celestial que siempre le había cautivado: era una muñeca, una muñeca perfecta, con la delicadeza de sus rasgos y la perfecta posición en la cual estaba recostada. Caminó lentamente, haciendo todo lo posible por esquivar la enorme posa de sangre que se expandía por el suelo y que pronto alcanzaría el pasillo. Se acercó hasta la cama que, en algún momento, había sido la suya propia: allí donde había dormido y soñado muchos de los paisajes que ahora de grande empezaba a conocer. Apoyó su mano en la frazada y la levantó enrojecida y húmeda, se la llevó a la nariz: no cabía duda. Se limpió en la pared, dejando las huellas de su paso por aquel extraño lugar, y se acercó hasta su cuello: lo tomó con una mano y se dio cuenta de que no respiraba, no había pulsaciones. Ella estaba... muerta. Y le costaba pensarlo, le costaba asumir esa extraña situación que nunca se hubo imaginado. Pero ella no tenía heridas ni tenía sangre: ¿de dónde venía entonces? ¿Cómo podía ser que ella hubiese muerto? Dónde estaba el asesino silencioso que no dejaba sus huellas para poder capturarlo. Se sentó a su lado y lloró con las manos en el rostro, ordenándole el cabello que de vez en cuando se desordenaba por el viento que ingresaba a través de la ventana. 

- ¿Qué fue lo que te hicieron? Qué fue lo que hiciste para que recibiéramos esto.

Regresó por el pasillo: la pintura de las paredes comenzaba a desvanecerse, dejando en evidencia las maderas enmohecidas por el paso del tiempo. Esa casa había estado abandonada por mucho tiempo, pero ella permanecía intacta como si no hubiese pasado más que un instante desde que hubiese cambiado de dimensión. Abrió la llave y el agua limpió la sangre que se le había pegado a los dedos. Levantó la mirada y, frente al espejo, vio la imagen oscura de un hombre que lo esperaba fuera del baño. Llevaba en su mano un enorme cuchillo ensangrentado que brillaba mientras lo giraba. Se lavó la cara mientras la sombra avanzaba hasta el interior, dejando sus huellas marcadas sobre las baldosas inundadas por la cañería rota desde hacía casi un año. Era extraño ver que la casa aún no se convertieraen un río, teniendo en cuenta que los cauces se habían desbordado hacía tiempo y que el agua brotaba desde la hierba: la casa era una isla desierta en medio de un mar de trigales olvidados por el paso del tiempo. Levantó la mirada y se encontró con la sombra oscura de un cuchillo que se le acercaba por el espejo. Respiró profundo y se dio media vuelta para enfrentarse al asesino: el agua avanzaba por el pasillo. No había nadie. Observó nuevamente el espejo y se estremeció al ver la sonrisa de aquel hombre que giraba el cuchillo. Se alejó del espejo: el hombre clavó su cuchillo varias veces contra su espalda y el cristal fue salpicándose de sangre. Perplejo, vio que su piel se abría con cada estocada que el hombre le iba propinando en esa imagen de un mundo paralelo. Salió corriendo del baño y resbaló en el pasillo inundado. Estaba agitado: el sudor le corría por el cuerpo al instante en que la sombra desaparecía tras de la puerta de entrada. Regresó lentamente hacia el espejo del baño y pudo ver que su cuerpo herido era arrastrado por aquel asesino, mientras le robaba algunas de sus pertenencias de valor. 

Salió corriendo de la casa y se encontró de frente con un grupo de hombres que lo rodearon. Su semblante serio lo detuvo mientras pretendía continuar avanzando. Uno de ellos lo ató de las manos y lo obligó a sentarse en el suelo mientras los demás ingresaban a la vivienda. Se mantuvo sobre el pasto, en silencio, sin poder pronunciar una sola palabra: una pistola apuntaba contra su cabeza y, en esa posición, no erraría el disparo. Se sentía sucio y agotado: observaba a aquel hombre, pero no recibía la más mínima atención. Al poco rato aparecieron los hombres desde el interior de la vivienda, con las manos llenas de sangre y con pistolas apuntandolo por todo el cuerpo. Lo redujeron a golpes hasta dejarlo recostado de boca al suelo, mientras lo amarraban de manos y pies. Uno de ellos fumaba un cigarro que, de pronto, apagó en su cuello. Sintió las pisadas de unos zapatos que lo apretaban contra el suelo y le dificultaban la respiración.

- Así que te hemos encontrado en el momento preciso, ladronzuelo.
- Yo no he hecho nada.
- ¿No? La hemos encontrado muerta en su habitación. 
- Yo no he sido. Me he encontrado con lo mismo y no lo he podido creer. 
- ¿Quién más podrá ser? Este lugar ha estado abandonado por meses y, al parecer, eres el único que pudo haber entrado hasta este lugar. ¿O acaso no te has dado cuenta que estaba cerrado?
- Esto es una confusión, el verdadero asesino se ha ido. 
- Te vas a pudrir en una cárcel, con otros como tú. Quizá te apuñalen ellos. 
- ¡Yo no la maté!

 Sus palabras hicieron eco en el vacío: fue arrojado al interior de una celda oscura y húmeda. Tenía las manos amarradas por la espalda y cadenas amarradas a los tobillos. Se sentó a observar el lugar: era de gran altura, pero era poco el oxígeno que podría respirar allí dentro. Estaba completamente solo: se oía el ruido de un río que debía circular por las cercanías de aquel lugar, quizá bajo tierra. Él no la había matado y de eso estaba seguro: no la había visto en mucho tiempo y ese iba a ser el primer reencuentro, era lo que había estado esperando por tanto. Lloró en silencio, observando las heridas que tenía en los brazos producto de los golpes recibidos por parte de los hombres que lo habían detenido, creyéndolo el asesino de aquella joven mujer. Aún sentía el olor de los trigos y recordaba su adolescencia cuando jugaba por aquel lugar, sintiendo que flotaba dentro de aquel campo dorado. Levantó la mirada y vio un escritorio que estaba inundado de telas de arañas y moho: era un madriguera para todo tipo de insectos. Recordaba aquel escritorio, pero sería imposible acceder a él en ese estado. Había un lápiz que estaba atascado en la roca: se acercó hasta él, pero las cadenas no le permitían avanzar más allá. Tiró durante un instante, pero luego se percató de que las cadenas lo apretaban con mayor fuerza en la medida que iba tirando. La vio corriendo por el campo, cuando jugaban y acababan siempre bajo los trigos, riendo abrazados. La recordaba nadando en el río, cuando ambos se sumergían desnudos en aquellos lugares olvidados por la civilización humana: estaban inmiscuidos en la naturaleza misma y eran libres. La recordaba decorando las paredes de la casa y desordenando la habitación solo para tener motivos de qué reír. La recordaba en silencio y la extrañaba, pero no: él no la había matado.

Lo sentaron en una silla, esposado de manos y con los pies sujetos a la silla. Ante su mirada aparecieron los fantasmas de la playa, fumando un cigarro y bebiendo sus vasos de vodka. Lo observaron en silencio. 

- Tú la mataste.
- ¡Yo no la maté!
- Entonces dame una explicación convincente de lo que pudo haber sucedido. 
- No lo sé. ¡Yo no estaba ahí! Acababa de llegar y...
- Bueno, pero no ha entrado nadie más ahí. Eres el único que puede acceder a ese lugar ya que nadie más conoce el camino.
- Pero llegaron estos hombres y me capturaron sin motivo. Ellos también sabían el camino.
- Porque tú mismo lo enunciaste.
- ¿Yo qué?
- Tú mismo has dicho cuál es el camino. 
- Cómo... ¡si lo he mantenido en secreto por años!
- Pues, porque lo has escrito, ¿o me equivoco? Más bien, lo has descrito.
- Yo no entiendo nada, solo quiero salir de aquí ahora mismo. 
- Pues, bien, sal. 
- ¡Libérenme ya!

La celda estaba fría y el hielo colgaba desde las paredes. Levantó la cabeza y se encontró en medio de la nada: sus manos y pies estaban libres para salir corriendo. Miró a todos lados y dio un salto hacia la pared para encaramarse y llegar hasta la altura. Había un pequeño agujero que lo llevaba de regreso a la luz. Subió, valiéndose de todas sus fuerza para alcanzar la cima de aquel lugar y encontrarse con ese agujero que le prometía la libertad. O, quizás... el agujero no era lo que él estaba buscando: probablemente buscaba otra solución. 

La celda estaba fría y el hielo colgaba desde las paredes, formando una gran pista de hielo en la cual se reflejaba. Caminó por encima, resbalando de tanto en tanto. En el fondo de la cueva se encontró con un lápiz congelado bajo las rocas: rompió el hielo y levantó la piedra que mantenía atrapado aquel lápiz. Lo tomó y levantó la mirada en busca de alguna superficie plana sobre la cual escribir: yo no la maté... ella no está muerta. La pared se rompió en ese instante y el paisaje verde se abrió ante su mirada tranquila y sonriente. Salió de aquella cueva y caminó de regreso a la casa que se veía sobre la colina. De pronto, el mundo se desvaneció ante su mirada obnubilada: observó sus manos y estaban manchadas de sangre, su cuerpo estaba herido y su piel, pálida y moribunda. ¿Era el proceso de la muerte? ¿Acaso se habría cumplido la profecía del espejo?

- Tú no la mataste, pero sí tienes parte de la culpa. 
- ¿Por qué?
- Por darle la libertad de hacer lo que ella quisiese. ¿Cuándo se ha dado que un personaje tenga más libertades que un autor?
- ¡Cállate, no te quiero oír! 
- Ella ha decidido quitarse la vida, porque tú se lo has permitido. Por eso ha muerto sonriente, por eso todo ha sido perfecto.
- Cállate, ahora mismo o...

Sintió el sabor de la sangre que se mezclaba con su saliva y el dolor de un golpe contra su estómago: apoyó la cabeza sobre el césped y observó el paisaje que se extendía más allá de sus pies. El ruido de un disparo había estremecido el silencio de aquel ambiente, produciendo eco en la cueva que quedaba a sus espaldas.

1 comentarios:

E dijo...

"yo no la maté... ella no está muerta. La pared se rompió en ese instante y el paisaje verde se abrió ante su mirada tranquila y sonriente." I like it!